04 mayo, 2010

SE CUMPLEN 192 AÑOS DEL NACIMIENTO DE CARLOS MARX......

Karl Marx o Carlos Marx

Karl Heinrich Marx, conocido también en castellano como Carlos Marx (Tréveris, Alemania, 5 de mayo de 1818 – Londres, Reino Unido, 14 de marzo de 1883), fue un intelectual y militante comunista alemán de origen judío. En su vasta e influyente obra, incursionó en los campos de la filosofía, la historia, la religión, la política, y la economía. Junto a Friedrich Engels, es el padre del socialismo científico. Sus escritos más conocidos son el Manifiesto del Partido Comunista (en coautoría con Engels) y el libro El Capital. Fue miembro fundador de la Liga de los Comunistas (1847-1850) y de la Primera Internacional (1864-1872).

Karl Marx fue el tercero de siete hijos de una familia judía de clase media. Su padre, Herschel Mordechai (luego Heinrich) Marx, quien era descendiente de una larga línea de rabinos, ejercía la abogacía en Tréveris, su ciudad natal. Era además consejero de justicia, sin embargo recibió fuertes presiones políticas, por parte de las autoridades prusianas que le prohibieron continuar con sus prácticas legales de acuerdo a su religión y le obligaron a abrazar el protestantismo para poder mantener el cargo en la administración de Renania. Su madre fue Henrietta Pressburg, nacida en los Países Bajos, y sus hermanos fueron Sophie, Hermann, Henriette, Louise, Emilie y Caroline.
Realizó sus estudios de Derecho en la Universidad de Bonn pero los dejó para estudiar Filosofía en Berlín. Se doctoró en 1841 en Jena con una tesis titulada Diferencia entre la filosofía de la naturaleza de Demócrito y la de Epicuro. Pronto se implicó en la elaboración de trabajos en torno a la realidad social, colaborando en 1842 junto con Bruno Bauer en la edición de la Gaceta Renana (Rheinische Zeitung), publicación de la que pronto llegó a ser redactor jefe. Durante este período también frecuentó la tertulia filosófica de Los Libres (Die Freien). La publicación finalmente sería intervenida por la censura, y posteriormente, Marx tuvo que marchar al exilio.

Junto a Ruge funda en París la revista Anales franco-alemanes (Deutsch-französische Jahrbücher), de la que fue director, si bien durante poco tiempo ya que el gobierno francés la cierra por presión del gobierno prusiano. En 1844, en París, Marx conoce y traba amistad con Friedrich Engels, que se convertirá en su principal colaborador y además le ofrecerá en múltiples ocasiones apoyo económico debido a la penuria económica a la que se ve sometida su familia dada la eventualidad de sus ingresos. También conocerá en Francia a otros importantes pensadores socialistas de la época tales como Pierre-Joseph Proudhon, Louis Blanc y Mijaíl Bakunin y al poeta alemán Heinrich Heine. Escribió sus reflexiones teóricas de esa época en una serie de cuadernos de trabajo que póstumamente fueron publicados como los Manuscritos económicos y filosóficos. Por otra parte, el peso político de sus artículos periodísticos le hizo ganar fama de revolucionario, lo que provocó su expulsión de Francia.

Establecido en Bruselas, funda la Liga de los Comunistas, tras lo cual se declara apátrida, ateo y revolucionario. Tras el periodo revolucionario de 1848 y la publicación del Manifiesto del Partido Comunista, en coautoría con Engels, se traslada a Colonia, donde organiza un nuevo diario, “Nueva Gaceta Renana” (Neue Rheinische Zeitung). Su nueva publicación alcanza un éxito inmediato, en el contexto de una época de fuerte sentimiento social y compromiso revolucionario. En consecuencia, es prohibido por el gobierno renano.

Es ahora cuando Marx se dedica a la escritura de una de sus obras fundamentales, El Capital, que elabora en las salas de lectura del Museo Británico. El primer volumen de El Capital no verá la luz hasta 1867, tras dieciocho años de trabajo.Además, Marx participó en la fundación y organización de la Primera Internacional (28 de septiembre de 1864), conocida como la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT), participando activamente en las discusiones. A él se le encarga la redacción del Llamamiento inaugural de la Internacional y participa en la elaboración de su estatuto y otros documentos. Se entablará a partir de los debates un enfrentamiento entre Marx y Bakunin, que terminará con la expulsión de este último en el Congreso de La Haya de 1872 y la salida de la Internacional de las secciones bakunistas. Estos últimos, reunidos en el Congreso de Saint-Imier (Suiza), no reconocerían los acuerdos de La Haya y refundarían la Internacional.
Tras la derrota de la Comuna de París de 1871, que significó un duro golpe para la Internacional, Marx se retiró de la lucha política y se dedicó a la escritura de su pensamiento. El 14 de marzo de 1883 falleció en Londres.

Vida familiar
Marx en 1882.

Karl Marx se casó con Jenny von Westphalen, hermana del ministro de Interior prusiano, amiga de infancia con la que se comprometió siendo ya estudiante, pero sólo consiguió casarse con ella tras la muerte de los padres de ésta, que se oponían a la relación, y tras conseguir una cierta estabilidad económica (eventual) como director de los “Anales franco-alemanes”. Vivieron con fuertes penurias económicas debido a la irregularidad de los ingresos de Marx, a la persecución política (que censuraba y clausuraba las revistas que publicaba) y a tener que mudarse constantemente de país. Marx tuvo con Jenny von Westphalen 6 hijos, en 1849 esperaban ya el cuarto, en 1855 ya habían fallecido tres -Guido, Franciska y Edgar- convulsiones, bronquitis y tuberculosis serían las causas, la pequeña, Eleonora Marx formó parte del movimiento feminista y Laura Marx, se casó con el dirigente socialista francés Paul Lafargue, y se suicidó junto a él en 1911.
Con ellos vivía Helene Demouth, quien les ayudaba en las tareas domésticas y tenía una excelente relación con la familia Marx. Era especialmente cercana a Karl, tanto así, que se supone que tuvo un hijo ilegítimo con ella que fue reconocido por Friedrich Engels como propio para evitar controversias dentro del matrimonio de Karl y Jenny.

Marx tuvo una vida personal dedicada de forma exhaustiva al estudio de las diferentes disciplinas del pensamiento y en especial de la filosofía e historia lo cual implicó que nunca tuviera estabilidad económica; sin embargo, contó siempre con el apoyo fiel e incondicional de su amigo Engels.

Pensamiento
Testigo y víctima de la primera gran crisis del capitalismo (década de 1830) y de las revoluciones de 1848, Marx se propuso desarrollar una teoría económica capaz de aportar explicaciones a la crisis, pero a la vez de interpelar al proletariado a participar en ella activamente para producir un cambio revolucionario.
La obra de Marx ha sido leída de distintas formas. En ella se incluyen obras de teoría y crítica económica, polémicas filosóficas, manifiestos de organizaciones políticas, cuadernos de trabajo y artículos periodísticos sobre la actualidad del siglo XIX. Muchas de sus obras las escribió junto con Engels. Los principales temas sobre los que trabajó Marx fueron la crítica filosófica, la crítica política y la crítica de la economía política.
Algunos autores pretendieron integrar la obra de Marx y Engels en un sistema filosófico, el marxismo, articulado en torno a un método filosófico llamado materialismo dialéctico. Los principios del análisis marxista de la realidad también han sido sistematizados en el llamado materialismo histórico y la economía marxista. Del materialismo histórico, que sitúa la lucha de clases en el centro del análisis, se han servido numerosos científicos sociales del siglo XX: historiadores, sociólogos, antropólogos, teóricos del arte, etc. También ha sido muy influyente su teoría de la alienación.
Otros autores, entre los que destaca Louis Althusser, argumentan que los escritos de Marx no forman un todo coherente, sino que el propio autor, al desarrollar sus reflexiones críticas sobre la economía política durante la década de 1850, se desembarazó de su propia conciencia filosófica anterior y comenzó a trabajar científicamente. Desde esta perspectiva no existiría una ciencia marxista, sino un científico, Karl Marx, que fue un pionero en la comprensión de los mecanismos fundamentales que rigen el funcionamiento de la sociedad moderna, en especial con su reelaboración de la teoría del valor, y cuya obra cumbre fue El Capital.



Las obras de Marx han inspirado a numerosas organizaciones políticas comprometidas en superar el capitalismo. Por una parte, habría que señalar la interpretación que han realizado los leninistas, partidarios de que una vanguardia del proletariado, organizada en un partido revolucionario, preparado, si es necesario, para trabajar en la clandestinidad, empuje a la clase obrera a hacerse con el poder mediante la fuerza insurreccional de masas, para así derrocar a sus antiguas clases opresoras y dominantes, la burguesía y la aristocracia, expropiándolas de su control sobre el aparato de Estado y los medios de producción, y procediendo a la construcción de un Estado obrero que, además de instituir a aquélla como clase dominante, le permita avanzar hacia el socialismo —sociedad altamente igualitaria y solidaria, sobre la base de la democracia obrera y la propiedad social sobre los medios de producción, y un fuerte desarrollo productivo y cultural, con una economía planificada capaz de suplir holgadamente las principales necesidades mayoritarias— y la desaparición de la división de la sociedad en clases, hasta llegar al comunismo —sociedad sin clases sociales y sin Estado, basada en un altísimo nivel de civilización—.

Por otra, la que realiza la socialdemocracia, en sus orígenes contraria a la táctica revolucionaria y partidaria de avanzar hacia el socialismo a través de progresivas reformas parlamentarias (hay que decir que la mayoría de partidos socialdemócratas han ido poco a poco reformando sus planteamientos, hasta aceptar la economía de mercado). Otros teóricos, como los del comunismo consejista son partidarios de la toma del poder por parte de la clase obrera autoorganizada y no por parte de un partido.

Ideas filosóficas
Durante su juventud, y mientras se formaba en filosofía, Marx recibió la influencia del filósofo alemán predominante en Alemania en aquel tiempo, Hegel. De este autor tomó el método del pensamiento dialéctico, al que, según sus propias palabras, pondría sobre sus pies; significando el paso del idealismo dialéctico del espíritu como totalidad a una “dialéctica del devenir constante” donde la síntesis, a diferencia de Hegel, no había sido realizada. Además, sigue utilizando el método dialéctico para analizar las contradicciones en la historia de la humanidad y, específicamente, aquella entre el capital y el trabajo.
Una interpretación sobre el desarrollo de la obra de Marx, proveniente del francés Louis Althusser, considera que los escritos de Marx se dividen en dos vertientes. Esta interpretación es relevante en la exegética marxista, pero a la vez es muy polémica y pocos autores la mantienen al día de hoy. Althusser encuentra dos etapas:

1 – Marx joven (hasta 1845) período en que estudia la alienación (o enajenación) y la ideología, desde una perspectiva cercana al humanismo influida en gran parte por la filosofía de Ludwig Feuerbach.

Marx se pregunta y contesta en sus Manuscritos de 1844:
¿En qué consiste, entonces, la enajenación del trabajo? Primeramente en que el trabajo es externo al trabajador, es decir, no pertenece a su ser; en que en su trabajo, el trabajador no se afirma, sino que se niega; no se siente feliz, sino desgraciado; no desarrolla una libre energía física y espiritual, sino que mortifica su cuerpo y arruina su espíritu. Por eso el trabajador sólo se siente en sí fuera del trabajo, y en el trabajo fuera de sí. Está en lo suyo cuando no trabaja y cuando trabaja no está en lo suyo. Su trabajo no es, así, voluntario, sino forzado, trabajo forzado. Por eso no es la satisfacción de una necesidad, sino solamente un medio para satisfacer las necesidades fuera del trabajo. Su carácter extraño se evidencia claramente en el hecho de que tan pronto como no existe una coacción física o de cualquier otro tipo se huye del trabajo como de la peste. El trabajo externo, el trabajo en que el hombre se enajena, es un trabajo de autosacrificio, de ascetismo. En último término, para el trabajador se muestra la exterioridad del trabajo en que éste no es suyo, sino de otro, que no le pertenece; en que cuando está en él no se pertenece a si mismo, sino a otro. (…) Pertenece a otro, es la pérdida de sí mismo. [1]

Paralelamente a estas ideas describe al hombre con diversas concepciones: lo considera un ser real de carne y hueso; es únicamente el resultado de la historia económica, un predicado de la producción de la misma historia.
Piensa que el hombre se realiza modificando la naturaleza para satisfacer sus necesidades en un proceso dialéctico en que la transformación de agente y paciente es transformación mutua. La autogeneración del hombre es un proceso real, histórico – dialéctico, entendiéndose la dialéctica como proceso y movimiento a través de la superación sintética de las contradicciones.

Cuando Marx habla de ‘realidad’ hace referencia al contexto histórico social y al mundo del hombre. Asegura que el hombre es sus relaciones sociales.
Para Marx, lo que el hombre es no puede determinarse a partir del espíritu ni de la idea sino a partir del hombre mismo, de lo que éste es concretamente, el hombre real, corpóreo, en pie sobre la tierra firme. El hombre no es un ser abstracto, fuera del mundo sino que el hombre es en el mundo, esto es el Estado y la sociedad.
La libertad, la capacidad de actuar eligiendo, está limitada a las determinaciones históricas, pero es, al mismo tiempo, el motor de aquéllas cuando las relaciones sociales y técnicas entran en crisis.
Dios, la Filosofía y el Estado constituyen alienaciones en el pensamiento, alienaciones dependientes de la alienación económica, considerada para Marx única enajenación real.
En líneas generales, Marx defiende la idea de que la alineación empobrece al hombre sociohistórico negándole la posibilidad de modificar aspectos de los ámbitos en los que se ve involucrado, provocándole una conciencia falsa de su realidad. Sin embargo, éste es un hecho que puede suprimirse.
Políticamente, el pensador alemán aboga por una sociedad comunista. Entre el hombre alienado (aquel que no coincide consigo mismo) y el hombre comunista (aquel que finalmente es igual a hombre) se coloca el proceso transformador. Sólo en la sociedad comunista habrá desaparecido toda alienación.

2 – Marx maduro (1845-1875): Según Althusser, 1845, el año de La ideología alemana y las Tesis sobre Feuerbach, marca la ruptura epistemológica (concepto tomado de Gaston Bachelard). A partir de la cual Marx rompe con su etapa anterior, ideológica y filosófica, e inaugura un período científico en el cual desarrolla estudios económicos e históricos usando el método del materialismo histórico. Como diría Althusser, Marx inaugura el continente historia.
Este es, eminentemente, el período de su magna obra: El capital. Crítica de la economía política. No hay que olvidar, por otro lado, los textos de los que esta obra surge: la Contribución a la crítica de la economía política (que dará material para el primer capítulo de El capital) o los Grundrisse, cuyo tardío descubrimiento dio mucho que hablar sobre las continuidades de Marx con su primera etapa, y proporcionó de argumentos a los críticos de la ruptura epistemológica. Durante su etapa de madurez, la obra de Marx se vuelve más sistemática y surgen sus conceptos económicos más destacados: la teoría del valor, la explotación como apropiación de plusvalía, o la teoría explicativa sobre las crisis capitalistas.

Sin embargo otros autores, incluido Erich Fromm, niegan la “ruptura epistemológica” y sostienen que la idea de enajenación es la fundamental durante todo el pensamiento de Karl Marx. Más cercanos al humanismo, no consideran que haya un joven y un viejo Marx y reivindican la continuidad de su obra alrededor de un concepto del hombre y su enajenación en el capitalismo.

Críticos de Marx
La importancia de Karl Marx en el panorama intelectual y político del siglo XIX, y de su legado en el siglo XX, han provocado numerosas críticas a su obra y su persona. En el siglo XIX, las principales críticas provenían de intelectuales y organizaciones del movimiento obrero que sostenían posturas políticas distintas a las de Marx. Entre otros, Bakunin, anarquista y rival en la inspiración de la Internacional, consideraba autoritario a Marx.
Durante el último tercio del siglo XIX y, sobre todo durante el siglo XX, la fuerza del marxismo en los ambientes intelectuales y organizaciones políticas de todo el mundo hizo que numerosos pensadores conservadores y liberales intentasen refutarlo. Algunas críticas se centran en elementos concretos de la obra de Marx, mientras otras se oponen a alguna de las versiones del canon marxista elaborado por las organizaciones políticas y los intelectuales socialistas o comunistas.
Poco después de la muerte de Marx, el economista austríaco Böhm-Bawerk publicó varios ensayos sobre el subjetismo del valor, entre ellos Karl Marx and the Close of His System, de 1896, donde consideraba refutar El Capital y la teoría del valor-trabajo marxista, en tanto que teorías del campo de la economía. Ya en el siglo XX, una de las críticas más influyentes ha sido la de Karl Popper. En La sociedad abierta y sus enemigos analizó lo que llama ‘profecías’ marxistas, supuestamente desmentidas por la historia. Popper escribió también un ensayo crítico con las pretensiones del marxismo como ciencia de la historia, considerando que incurre en lo que llama ‘historicismo’.
En el plano de la crítica personal, el historiador Paul Johnson dedica a Marx un capítulo de Intellectuals, un libro en el que resalta la mezquindad personal de muchas otras luminarias intelectuales.

25 abril, 2010

FREUD ACUSADO DE CHARLATÁN EN FRANCIA....

Gerardo Lissardy
BBC Mundo, París

El nuevo libros sobre Sigmund Freud compara al psicoanálisis con una religión.

Un nuevo libro que acusa a Sigmund Freud de mentiroso, fracasado y adepto de los regímenes totalitarios, abrió un encendido debate en medios intelectuales de Francia sobre la figura del "padre del psicoanálisis".
Según el filósofo francés Michel Onfray, autor del libro El crepúsculo de un ídolo, la fábula freudiana, el psicoanálisis es comparable con una religión y su capacidad de curar a la gente semejante a la de la homeopatía.
El libro apareció esta semana en Francia, pero comenzó a generar controversia incluso antes de su publicación, con psicoanalistas que acusan a Onfray de errores y de ignorar hechos para defender su tesis.

"Necesidades fisiológicas"
Conocido filósofo, autor previamente del Tratado de ateología, Onfray plantea en su nuevo libro de 600 páginas un abordaje nietzscheano de Freud, bajo la idea de que "una filosofía siempre es la autobiografía de su autor".
A su juicio, el austríaco transformó sus propios "instintos y necesidades fisiológicas" en una doctrina con pretensión universal, pero el psicoanálisis es "una disciplina verdadera y justa en lo que concierne a Freud y nadie más".
Onfray sostiene que Freud falló en curar a pacientes que él mismo atendió, pero ocultó o alteró sus historias clínicas para que pareciera que el tratamiento que les había dado fue exitoso.
Por ejemplo, señala que Sergei Konstantinovitch, apodado por Freud como "el hombre de los lobos", siguió psicoanalizándose más de medio siglo después de haber sido supuestamente curado por Freud.
El psicoanálisis cura tanto como la homeopatía, el magnetismo, la radiestesia, el masaje del arco plantar o el exorcismo efectuado por un sacerdote, cuando no una oración ante la Gruta de Lourdes

Michel Onfray, filósofo francés
O que Bertha Pappenheim, conocida como "Anna O." y presentada por Freud como un caso exitoso de tratamiento contra la histeria y las alucinaciones, siguió sufriendo recaídas luego del mismo.
Durante un debate con la psicoanalista francesa Julia Kristeva publicado esta semana en Le Nouvel Observateur, Onfray rechazó la noción de que el método de Freud "cura todo el tiempo".
"El psicoanálisis cura tanto como la homeopatía, el magnetismo, la radiestesia, el masaje del arco plantar o el exorcismo efectuado por un sacerdote, cuando no una oración ante la Gruta de Lourdes", sostuvo.
"Sabemos que el efecto placebo constituye el 30% de la cura de un medicamento", agregó. "¿Por qué el psicoanálisis escaparía a esta lógica?".

Dinero, sexo y fascismo
Además de cuestionar el método de Freud, Onfrey ataca su personalidad y lo presenta como alguien que fue capaz de cobrar el equivalente actual a US$600 en efectivo por sesión e incapaz de tratar a pobres.
Más aún, desde el punto de vista sexual lo tacha como una persona homofóbica y con un especial interés en temas como el abuso sexual, el complejo de Edipo y el incesto, y que se acostaba con su cuñada.
En términos ideológicos, Onfray sostiene que Freud coqueteó con el fascismo y que en 1933 escribió una dedicatoria elogiosa a Benito Mussolini: "Con el saludo respetuoso de un veterano que reconoce en la persona del dirigente un héroe de la cultura".
Y afirma que el creador del psicoanálisis buscó alinearse al canciller Engelbert Dollfuss, que instauró el "austrofascismo" en su país, y también a las exigencias del régimen nazi.

"Odio"
Con este libro, algunos amigos me habían anticipado el odio porque me metía con el monedero
Michel Onfray, autor del libro “El crepúsculo de un ídolo, la fábula freudiana”
El libro ha generado airadas protestas y acusaciones desde círculos intelectuales de Francia.
La historiadora y psicoanalista Elisabeth Roudinesco aseguró en un artículo publicado por Le Nouvel Observateur que el nuevo texto de Onfray está "plagado de errores y cruzado por rumores".
Roudinesco acusó a Onfray de haber sacado las cosas de contexto y sostuvo que Freud "de ninguna manera se adhiere al fascismo y nunca hizo apología de los regimenes autoritarios".
"Cuando sabemos que ocho millones de personas en Francia se tratan con terapias derivadas del psicoanálisis, está claro que en el libro y en las palabras del autor hay una voluntad de daño", sostuvo.
En su debate con Onfray, Kristeva defendió el psicoanálisis como un mecanismo capaz de tratar problemas como la histeria, el complejo de Edipo o las conductas anoréxicas y bulímicas, entre otros.
"Onfray nos insulta cuando dice que el psicoanálisis no cura", escribió el psiquiatra y psicoanalista Serge Hefez en el semanario Le Point. "¿Qué hacemos todos nosotros en nuestros consultorios, centros de terapia familiar, conyugal, nuestros hospitales y servicios hospitalarios si no es ayudar al sujeto a convertirse en actor de su propia historia?".
Hefez afirmó que "el psicoanálisis sí cura, es un tratamiento útil y vivo, practicado por miles de terapeutas concienzudos que conocen de fracasos, éxitos parciales y éxitos".
Onfray respondió que muchas reacciones contra su libro evitan responder sus argumentos centrales y, en un artículo publicado en el diario Le Monde, preguntó si es imposible hacer una relectura crítica de Freud.

"Con este libro, algunos amigos me habían anticipado el odio porque me metía con el monedero", escribió. "Hoy me doy cuenta lo acertados que estaban…".



22 abril, 2010

"EUROPA ES UN CONTINENTE CANSADO"

André Glucksmann

23/04/2010 )

El filósofo francés desgrana en la Real Casa de Correos sus gustos literarios en el marco de La Noche de los Libros

Alberto Ojeda

André Glucksmann (Boulogne-Billancourt, Francia, 1937) pondrá este viernes a la celebración de La Noche de los Libros el poso filosófico. El pensador francés, autor de obras tan controvertidas como Dostoievski en Manhattan u Occidente contra Occidente, es partidario de bajar los saberes filosóficos a pie de calle. Por eso sus reflexiones embisten sin miramientos las cuestiones candentes de la contemporaneidad: el terrorismo islamista (para él, en realidad, nihilista), la guerra de Iraq (de la que fue firme defensor), la presunta decadencia de Europa (“un continente cansado)

 Incluso, en las últimas elecciones presidenciales mostró públicamente su apoyo a Sarkozy, al que veía capaz de impulsar la modernización del Estado francés, “tan anquilosado” en su opinión. De todos estos asuntos habla con ELCULTURAL.es antes de tomar la palabra en la Real Casa de Correos (a las 20.30) para desgranar sus gustos literarios, entre los que sobresalen autores clave para la regeneración del continente tras los traumas de la primera mitad del siglo XX como Soltzenitsin, Grossman y Kafka.

Pregunta.- En su último libro que Sócrates y Heidegger son los dos caminos de la filosofía. ¿Por qué?
Respuesta.- Porque creo que el sentido de la filosofía, aun cuando se complica en exceso como sucede con Heidegger, es dar respuesta a cuestiones sencillas como dónde está la verdad, cuál es la frontera con la mentira, cómo morir, cómo amar, cómo sobrevivir… Se trata de bajar a la tierra el conocimiento necesario para responderlas. Sócrates fue el primero en hacerlo: entregar la sabiduría a los hombres después de haberla descolgado del reino de los dioses.

P.- Para usted los terroristas islamistas no son en realidad más que terroristas nihilistas
. R.- Todos los terroristas, islamistas o no, siempre se buscan sus coartadas: defender el bien de la humanidad, de su clase social… Lo que les diferencia son los métodos. Los islamistas se matan a sí mismo para poder asesinar. El hecho de que acepten morir en sus atentados les justifica para matar a otros civiles. Su grito favorito, en realidad, es ¡Viva la muerte!

P.- Usted defendió la guerra de Iraq. ¿Sigue creyendo que mereció la pena?
R.- Mereció la pena sobre todo para los iraquíes. Ahora son más libres que cuando vivían bajo Sadam Hussein. Éste asesinado a muchísima más gente que los atentados islamistas. Pero también hay que advertir algunos errores de los americanos, sobre todo sus errores de cálculo en las dificultades que surgirían tras la guerra. Tampoco se dieron cuenta de que Occidente se volvería contra ellos. Para ellos, y para Occidente en general, no está tan claro si mereció la pena.

P.- ¿No cambió su parece tras saber que los EEUU falsearon pruebas para demostrar que existían en suelo iraquí unas armas que luego se comprobó que no existían?
R.- No, no me hizo cambiar de opinión, porque yo nunca dije que existieran esas armas. Todos mis argumentos se sustentaban en la necesidad de acabar con la dictadura sanguinaria de Sadam.

P.- ¿Está consiguiendo Sarkozy su propósito de liquidar el legado del Mayo del 68?
R.- Ese es un proyecto vacío. Mayo del 68 acabó hace mucho tiempo, y la herencia que dejó es muy contradictoria. Por un lado, se criticaba al Partido Comunista Francés, mientras que por otro se lanzaban proclamas marxistas, maoistas… Mayo del 68 debería ser un argumento agotado, un tema del pasado.

P.- ¿Ve en Europa un continente en decadencia?
R.- La Unión Europea está en fase de hibernación. La primera mitad del siglo XX lanzó un ejemplo nefasto al resto del mundo: la guerra total y la revolución totalitaria. En la segunda mitad, ha intentado imaginar un antídoto contra ellas, con revoluciones como la de Terciopelo, la Primavera de Praga, que no aspiraban a tomar el poder sino a recuperar la libertad, y que consiguieron eliminar los vestigios del fascismo y el comunismo en el continente. Se ha pasado de un Antiguo Régimen a un Nuevo Régimen. Pero ahora, en este siglo, Europa vuelve a estar cansada, y ya no tiene fuerza para defender a aquellos que quieren recorrer su mismo camino.

04 abril, 2010

SHAKESPEARE ERA SHAKESPEARE.....

El especialista James Shapiro desmonta las teorías que niegan su existencia
PATRICIA TUBELLA - Londres - 04/04/2010

¿Escribió Shakespeare las obras de Shakespeare? La verdadera identidad del mayor dramaturgo de todos los tiempos, que legó obras repletas de símbolos universales como la pasión, la ambigüedad, la sátira o el instinto político, sigue dividiendo a los círculos culturales casi 400 años después de la muerte del bardo de Stratford-upon-Avon (1564-1616). ¿Fue un impostor, un fraude, la firma tapadera de un personaje más ilustrado? Las teorías conspirativas nunca han dejado de estar en boga, pero en la era de Internet disponen incluso de mejor tribuna.

Vanessa Redgrave o Derek Jacobi se han apuntado al escepticismo
Las dudas sobre el dramaturgo surgen 200 años después de su fallecimiento
Freud relacionó el complejo de Edipo de Hamlet con el del conde de Oxford
En 1857 se difundió la idea de que el verdadero autor era sir Francis Bacon

Representantes de la crema teatral británica como Derek Jacobi o Vanessa Redgrave se han apuntado a esa corriente de escepticismo. El director Mark Rylance sostiene sin miramientos que la creación de Hamlet, Otelo o Macbeth fue producto de una "cábala literaria" de la que formaba parte sir Francis Bacon. Antes que ellos, otras figuras de renombre como Mark Twain, Henry James o Sigmund Freud mostraron parecidos prejuicios culturales apoyándose en un cierto esnobismo y en unos cimbeles más que precarios en opinión del escritor estadounidense James Shapiro, que ha desmontado todas estas teorías en su libro Contested Will: who wrote Shakespeare?

¿Cómo pudo el hijo de un vulgar comerciante de lana, carnicero y arrendatario, un hombre de estudios limitados que escribía para pagar sus deudas y que nunca viajó, entender el mundo de reyes y cortesanos, tratar asuntos de Estado, filosofía, leyes, música o el arte de la cetrería? Shapiro, profesor de la Universidad de Columbia y experto en la obra del autor inglés (a quien ya dedicó el libro Un año en la vida de William Shakespeare: 1599), propone un recorrido histórico por algunas de las teorías negacionistas de mayor eco para subrayar, ante todo, su anacronismo: las suspicacias sobre la pluma de Shakespeare no surgen hasta 200 años después de su muerte.
Nadie antes encaró la lectura de sus obras teniendo en cuenta la biografía del creador.
Denso en historias y argumentos, al tiempo que ameno, Contested Will: who wrote Shakespeare? relata cómo las teorías alternativas nacen a principios del siglo XIX, cuando se afianza la asunción de que los trabajos artísticos son reflejo de las claves personales del autor y deben ser interpretados como una autobiografía, incluso espiritual según los románticos. La estadounidense Delia Bacon, hija de un predicador visionario, sostenía en un estudio publicado en 1857 que Shakespeare era "un iletrado y actor de cuarta fila, demasiado estúpido" para haber concebido una obra que manifestaba "los últimos refinamientos de la más alta educación parisina". Eligió como alternativa al poeta, filósofo y científico Francis Bacon (con quien no guardaba parentesco) con el argumento de que su secreto odio hacia el despotismo monárquico le obligaba a recurrir a un seudónimo.

Influida por las ideas de Mark Twain -quien también sostenía que Isabel I era en realidad un hombre-, Delia Bacon no aportó más que elucubraciones al debate aunque, a su muerte en un psiquiátrico, una nueva generación tomó el testigo con una vasta producción de artículos. En 1920, el profesor T. J. Looney atribuyó en un libro la autoría de las obras a Edward de Vere, conde de Oxford, basándose en sus conocimientos de cetrería, en la coincidencia de que tenía tres hijas -como el rey Lear- y otras generalidades. Looney pasa por alto que el conde murió en 1604, antes de que se escribiera el grueso de la obra shakesperiana. Ello no fue óbice para que Sigmund Freud abrazara la teoría como alimento de sus propias obsesiones: relacionó el complejo de Edipo de Hamlet con el de Edward de Vere, impotente ante la boda de su madre con otro hombre tras enviudar.
Otra tesis sostiene que el dramaturgo y poeta inglés Christopher Marlowe -asesinado en 1593- fingió su muerte para seguir escribiendo bajo el nombre de William Shakespeare, de quien era coetáneo. Esta teoría denota, según Shapiro, la resistencia entre un vasto sector del mundo académico a aceptar que William Shakespeare escribió varias de sus obras en coautoría. Porque Marlowe fue uno de esos colaboradores, en una práctica habitual en los tiempos del teatro isabelino. Incluso hoy, añade, los estudiosos están muy lejos de entender cómo el bardo y sus coautores repartían tramas y personajes, revisaban sus respectivos trabajos o unificaban estilos.
Lo cierto es que apenas un puñado de documentos atestigua la singladura privada del escritor que dejó tal huella en la literatura universal. Ni siquiera existe absoluta certeza sobre los verdaderos rasgos de su físico, objeto perenne de controversia entre historiadores y expertos del mundo del arte. Pero el veredicto de Shapiro es una defensa en toda regla del hombre de Stratford. Su retrato le presenta como un hombre de teatro, que leía, observaba, escuchaba y volcaba todo en unas obras que reflejan el genio de la imaginación. Shakespeare, concluye Shapiro, sí escribió a Shakespeare.

17 marzo, 2010

LAS CARTAS INÉDITAS DE SALINGER, EN NUEVA YORK....

Cartas de Salinger a Mitchell, 1951-1993. Foto: G. Haber (Morgan Library)
'Son una correspondencia extraña y reveladora', dicen los organizadores
En ellas, Salinger se muestra 'crítico, vanidoso, cariñoso, pícaro y sarcástico'
Efe Nueva York
Actualizado martes 16/03/2010 12:41 horas
Unas cartas inéditas que el fallecido escritor J.D. Salinger intercambió con uno de sus amigos íntimos, que diseñó la primera portada de 'El guardián entre el centeno', se exponen desde este martes en la Biblioteca y Museo Morgan de Nueva York.

Los seguidores de Salinger (1919-2010), quien en vida tuvo un férreo control de su imagen pública tienen ahora la oportunidad de conocer detalles de la vida privada del novelista gracias a dos series de cartas que la institución neoyorquina obtuvo en 1998 y se había negado a exhibir hasta la muerte del conocido autor.

La Morgan expone desde el martes la primera de esas series compuesta por diez de las misivas que Salinger mandó entre 1951 y 1969 a Michael Mitchell, amigo personal y responsable de la portada con la que su obra cumbre se editó por primera vez en Estados Unidos, donde apareció con una ilustración de un caballo de tiovivo con fondo rojo.

El fin de la amistad
Portada diseñada por Mitchell. Morgan Library
Hasta el próximo 11 de abril, los visitantes de la institución cultural podrán disfrutar así de esa decena de cartas, mientras que el segundo grupo de textos, compuesto por seis ejemplares, estará expuesto del 13 de abril al 9 de mayo.
Ese segundo grupo cuenta con textos fechados desde 1979 y hasta 1993, cuando se cree que la amistad entre Salinger y Mitchell, quien fue vecino del actor durante años, acabó y el artista optó por vender las misivas al mejor postor.

"Las cartas cubren un periodo de 40 años y constituyen una correspondencia extraña y reveladora. Documentan con muchos matices un periodo de la vida de Salinger que ha permanecido oscuro", informaron los responsables de la Morgan al anunciar sendas exposiciones.

El matrimonio, la paternidad, el trabajo o los viajes son, según explicaron desde el museo, los temas que Salinger aborda en las cartas a su amigo y artista, ante el que también trata su ostracismo voluntario y ante quien se muestra "crítico consigo mismo, vanidoso, cariñoso, pícaro y sarcásticamente divertido".
"El juego de cartas ofrece detalles hasta ahora desconocidos sobre la rutina diaria de Salinger, así como de los pensamientos de este legendario autor", añadieron los responsables de la Morgan, que aseguraron que la decisión de hacer públicos los textos se tomó para homenajear al escritor tras su muerte, acontecida el pasado 27 de enero.

16 marzo, 2010

REBELION EN LA GRANJA....


Sátira política gracias a Rebelión en la Granja "Algunos son más iguales que otros": la perversión de la realidad por parte de Napoleón.

(Fuente externa)


TRIBUNA: FERNANDO SAVATER

La civilización humana se basa en el maltrato de los animales. La polémica sobre los toros no revela acercamiento a la naturaleza, sino el predominio humanista de la compasión y la hipocresía
FERNANDO SAVATER 16/03/2010

Lo que diferencia el actual episodio del enfrentamiento entre taurinos y antitaurinos en el Parlamento catalán de otras fases de ese cíclico y antiguo debate es que por primera vez parece plantearse efectivamente la abolición de las corridas de toros en una región española. De modo que lo que se discute -o se debería discutir- no es tanto si ese espectáculo es una fiesta artística, portadora de tales y cuales valores, o por el contrario una muestra de barbarie anticuada, sino si debe o no ser prohibida para todos, la acepten o la rechacen. Es perfectamente imaginable que haya personas que sientan desagrado y repugnancia por las corridas pero que consideren abusiva su prohibición; incluso puede haber aficionados contritos que, reconociendo su gusto por ellas, admitan la necesidad de suprimirlas para verse libres de tan pecaminosa tentación, siguiendo el criterio de Pérez de Ayala: "Si yo mandase en España, suprimiría las corridas... pero como resulta que no mando, no me pierdo ni una".

¡No falta ya más que los Parlamentos decidan lo que es moral y lo que no lo es!
Nadie le pregunta a la merluza si quiere donar su cogote a las sociedades gastronómicas

De modo que ahora el viejo debate alcanza un nivel efectivamente político, como también es político su trasfondo. No ha sido ciertamente Esperanza Aguirre la primera en politizarlo, como aseguran los que siempre miran la realidad con un ojo abierto y otro cerrado: aunque las argumentaciones escuchadas en el Parlament no sean de corte nacionalista, sin una motivación de fondo nacionalista no habría habido iniciativa popular ni probablemente ésta hubiera llegado al punto actual. Lo resume muy bien un chiste aparecido en La Razón: un litigante muestra un rehilete, con el palo decorado con el característico papel rizado rojo y gualda, explicando: "Esto es una banderilla; la parte de abajo causa heridas leves al toro y la parte de arriba hay que reconocer que ha causado esta comisión". Claro que mejor que el debate sea en último término político, pues para eso se lleva a cabo en un Parlamento, que moral, como absurdamente suponen algunos. ¡No falta ya más que los Parlamentos decidan lo que es moral y lo que no lo es! Como parece que había quedado claro en otros casos -por ejemplo, el del aborto- el Parlamento no está para zanjar cuestiones de conciencia individual, sino para establecer normas que permitan convivir morales diferentes sin penalizar ninguna y respetando la libertad individual.

Ahora, por lo visto, hay quien reclama del Parlament precisamente lo opuesto...
Lo digo porque en lo tocante a la moral, que es cuestión a la que he dedicado cierta perpleja atención durante bastante tiempo, no hay tanta unanimidad respecto al trato debido a los animales como algunas almas delicadas parecen suponer. Existen más razonamientos éticos en el cielo y en la tierra de lo que la filosofía de Peter Singer supone y no es lo mismo ser bueno que ser guay, aunque el matiz diferencial pueda resultar difícil de captar hoy en países como el nuestro. El repudio de la crueldad (no digamos "innecesaria", porque si fuese necesaria ya no sería crueldad) y del maltrato animal es moneda corriente en los moralistas desde Tomás de Aquino, pero en cambio hay menos unanimidad a la hora de establecer qué diferencia a esas prácticas perversas de otras formas del empleo humano de las bestias. Y ahí es donde esta discusión se hace desde un punto de vista teórico más sugestiva: ¿qué hemos hecho y qué hacemos con los animales?, ¿en qué medida la relación con ellos ha configurado nuestra civilización e incluso nuestra "humanidad"?

Para empezar a comprender estos asuntos es imprescindible retroceder bastante en el tiempo. Digamos hasta el comienzo de la historia. El desarrollo de la sociedad humana se basa desde el principio en la utilización de animales para nuestros fines: nos han servido de alimento ("todo lo que nada, corre o vuela... ¡a la cazuela!"), de fuerza motriz tirando de carros o haciendo girar norias, de transporte y de arma de guerra (¡los escuadrones de Alejandro, los elefantes de Aníbal!), sus pieles curtidas nos han vestido y nos han calzado, han arado los campos, han defendido nuestras casas y nuestros rebaños (¡también formados por animales!) y -supongo que lo más humillante de todo- nos han servido de pasatiempo en circos y otros espectáculos, nos han hecho zalemas como mascotas de compañía y han trinado en jaulitas a la espera de su alpiste. Por no mencionar a los que han donado involuntariamente -y a veces aún vivos- sus cuerpos a la ciencia para el avance de la medicina, la cosmética y hasta la astronáutica (¡Laika, pionera del Sputnik!).
Nos han sido imprescindibles para evitar males mayores: el antropólogo Marvin Harris justificó que los aztecas se comiesen a sus prisioneros por la ausencia en su territorio de mamíferos de talla suficiente para poder convertirse en fuente de proteínas y Jared Diamond explica el rezago de ciertas poblaciones africanas por carecer de bestias domesticables que pudiesen servirles para el transporte o la carga. Si tantos y tan variados empleos son formas de maltrato, hay que reconocer que la civilización humana se basa en el maltrato de los animales.

De modo que resulta un poco risible el argumento abolicionista de "que le pregunten al toro si le parece arte que le piquen o le den la puntilla". Tampoco nadie le pregunta a la merluza si quiere donar su cogote a las sociedades gastronómicas o a los bueyes si quieren tirar del arado. Ni a perros, gatos o caballos de carreras si quieren ser castrados por nuestro bien. Porque en el caso del debate actual debe quedar claro que no se trata de introducir en nuestra cultura las corridas, sino de prohibir una práctica secular. ¿Que no sería hoy admisible iniciarlas? Imaginemos si aceptaríamos con los valores vigentes empezar a criar animales para alimentarnos con ellos. Me parece estar oyendo a quienes contemplasen corretear a unos pollos o a unos terneros: "¡Qué ricos son! ¿Verdad? Me refiero a que parecen sabrosos...".

Reconocemos que en los mataderos o las granjas avícolas industriales los bichos no lo pasan nada bien, pero se arguye que en tales lugares no se venden entradas para el espectáculo. Sin embargo, el argumento se vuelve contra lo que intenta demostrar, pues si fuera verdad que los espectadores disfrutan con el sufrimiento animal frecuentarían esos dignos establecimientos en lugar de las plazas de toros. Otros se escudan en que no es lo mismo sacrificar animales para atender nuestras necesidades que para satisfacer diversiones o lujos. Pero, como señaló Valéry, "tout ce qui fait le prix de la vie est curieusement inutile". El asunto de fondo sigue siendo el mismo: ¿tenemos derecho o no?, ¿es crueldad o no?

La preocupación por el bienestar de los demás seres vivos obtuvo el patronazgo de notables ilustrados -Montaigne, Jeremy Bentham, Schopenhauer...- pero también el refrendo de algunos que mostraron humanitarismo con las bestias y bestialidad con los humanos: las primeras leyes europeas protoecologistas de protección de la Madre Tierra y de los animales fueron dictadas por el vegetariano Adolf Hitler. En cualquier caso, la sensibilidad hacia el sufrimiento de otros vivientes es un signo de la modernidad. A ella se deben medidas piadosas como el peto de los caballos de los picadores (impuesto por el dictador Primo de Rivera) o el suavizamiento de los obstáculos más peligrosos en la carrera del Grand National de Liverpool.

No son desdeñables, pese a que ello implica que los animales van desapareciendo de nuestras vidas urbanas -circos, zoológicos- para hacerse sólo presentes virtualmente en los documentales de la televisión. Es una tendencia que continuará y que sin duda también acabará mañana afectando las corridas de toros, si no son abolidas. No revelan acercamiento a la naturaleza, sino el predominio humanista de dos instancias desconocidas en ella: la compasión y la hipocresía. Ambas, en su dialéctica perpetua, espiritualizan nuestra vida. Yo me quedo con el arrebato de Nietzsche en la plaza Carlo Alberto de Turín, abrazado llorando al cuello del viejo caballo fustigado por su cochero. ¿Síntoma de locura o comprensión abismal de la irreductible desdicha de existir?

14 marzo, 2010

ENTREVISTA/ MIGUEL DELIBES...


«Para cambiar el efecto invernadero lo primero es cambiar a Bush»
PEDRO CÁCERES

CHEMA CONESA

La naturaleza ha sido para Miguel Delibes algo más que un motivo literario: una pasión que le ha llevado a clamar durante décadas por su protección. Podría ser conocido como uno de los grandes defensores del medio ambiente español si no fuera porque su prestigio como novelista ha impuesto esta faceta sobre las demás. Pero ahí están títulos como 'El sentido del progreso desde mi obra' (1975), 'Un mundo que agoniza' (1979), 'La naturaleza amenazada' (1996) o 'La tierra herida' (2005) para mostrar su preocupación por el planeta. A sus 85 años, desde Valladolid, donde vive ajeno al ajetreo público, ha contestado amablemente al cuestionario de NATURA.
PREGUNTA.- Su discurso de entrada en la Academia en 1975 fue un alegato en defensa de la naturaleza. Usted abogaba por una forma diferente de entender el 'progreso'. ¿Hemos enderezado el camino o ese discurso sigue siendo ahora más necesario?

RESPUESTA.- La cosa del ambiente se mueve. Algo, como el ozono, se ha movido a favor. Otra, la inquietud social. Pero, en general, la naturaleza sigue tanto o más amenazada que en 1975. Mi opinión no es hoy más esperanzada que entonces.

P.- Los científicos creen que estamos en un periodo de intensa extinción de especies. Como conocedor de nuestros campos, ¿percibe algo de ello?

R.- Yo no soy ningún biólogo para pronunciarme aquí. Como cazador y hombre de campo sí puedo decirle que la perdiz, poco a poco, se va extinguiendo. (No hablo de las de fábrica que pueden no tener fin). Y las codornices y las tórtolas vienen a España en menor cantidad de la que venían. También puedo atestiguar que el ruiseñor, que amenizaba los campos de Castilla en primavera, no se manifiesta hoy en los lugares habituales. Y al cuco, aunque su reclamo no sea cautivador, le pasa lo mismo. Con esto no contesto a su pregunta pero sí se puede deducir una respuesta. Otra novedad de estos años: el cormorán se ha hecho ave de río. En ellos vive.
P.- ¿Qué le parece que el Gobierno de EEUU se niegue a sumarse al Protocolo de Kioto?

R.- Desde Kioto y la famosa Cumbre me he hartado de decir que Bush es un fantasma y un gigante (por su país) con pies de barro. Él cree que el día que algo falte o sobre en el mundo podrá resolver la escasez o el exceso con un gesto, sin necesidad de los 'enanos' que le rodeamos. Lo primero, pues, para cambiar el efecto invernadero es cambiar a Bush. Su mentalidad. Todos somos necesarios.

P.- La sequía vuelve a ser motivo de preocupación. ¿Hemos aprendido a lidiar con nuestro clima tan falto de lluvias?

R.- No sabemos manejar el agua. Las precipitaciones han mermado considerablemente. Ello no nos impide gastar como antes: más de lo posible si queremos conservarla.

P.- El pasado verano, los incendios han quemado decenas de miles de hectáreas. ¿Opina que la política forestal es la adecuada?

R.- La política forestal en lo referente a incendios hay que cambiarla o, mejor dicho, perfeccionarla. Me parece necesario y urgente. No aspiremos a erradicar los incendios forestales, sino a conducirlos y extinguirlos antes de que se coman el país.
P.- Entre tantas jornadas de caza, ¿hay algún momento que recuerde con especial emoción?

R.- Como meritorio la perdiz endiablada que abatí con una carabina de 9 mm. siendo un niño. Y como espectacular el doblete que conseguí una vez de liebre y perdiz en el coto social de Valencia de Don Juan. Esto no tiene nada de particular. A buen seguro todo cazador con años de práctica cuenta con aciertos semejantes.

P.- Ha practicado la caza menor y apenas ha prestado atención a la mayor. ¿A qué se debe?

R.- La caza mayor me pareció siempre la menor en categoría (por su bulto y pasividad) y no la cultivé nunca. Ortega predijo que la caza iría a menos a medida que el campo se domesticara. Y acertó en lo que se refiere a la menor y se equivocó en lo referente a la mayor, que se ha multiplicado (cosa inexplicable) y a la que no me dedico porque me parece más inhumana.
P.- ¿Cómo ve el mundo cinegético? ¿Ha cambiado mucho respecto al de sus inicios?

R.- Muchísimo, claro. Pero si en 1950 me hubieran dicho que en medio siglo nos quedaríamos sin conejos y sin perdices rojas y los corzos y venados vendrían a comer a nuestro jardín no lo hubiera creído. La cosa es tan gorda que no vale la pena que le demos más vueltas.
P.- Ha declarado que de las cosas que hizo en el pasado renunciaría a cazar. ¿Por qué?

R.- Ciertas cosas. Renunciaría a ciertos gestos en que he incurrido, en una palabra hubiera tratado de cazar lo más deportivamente posible, simplemente para justificar mi afición.
P.- ¿Ha sido la caza un impulso para tomar contacto con la naturaleza y el paisaje?

R.- Cuando se ama el campo se buscan las maneras de estar en él: cazando, pescando, construyéndose un tabuco, jugando al fútbol, paseando, haciendo senderismo, o andando en bicicleta. A la caza me llevó mi padre de la mano pero es casi seguro que de no haberlo hecho me hubiera ido al monte yo solo. Lo llevaba en la sangre.

P.- Últimamente, animales como el lobo han experimentado una gran expansión en la Península. ¿Qué opinión le merece?

R.- Positiva. Señal de civismo. Siempre que acertemos a controlar la población. Impidiéndole que nos invada.

P.- Usted ha advertido sobre el daño que produce a la vida silvestre el uso de químicos en la agricultura. ¿Le preocupa aún?

R.- Poco a poco estos errores se van rectificando. Hoy no constituyen peligros muchos de ellos. En esta actitud debemos confiar. Los riesgos de la contaminación suelen llegar por otros caminos.

P.- ¿Cree que las cuestiones ambientales se tratan bien en los medios de comunicación?

R.- Creo que sí, que los periodistas de hoy están atraídos por estos problemas. Siguen las vicisitudes biológicas con verdadero interés.

P.- ¿Es posible que la televisión haya reemplazado al contacto directo con la realidad, especialmente con la naturaleza?

R.- Es de las cosas positivas del invento. Hay programas de televisión que ayudan mucho a conocer el campo y sus pobladores. Bien dirigidos, algunos serían auténticas lecciones de geografía o ciencias naturales.

P.- Los últimos datos dicen que en Castilla y León habita el mismo número de personas que hace cuatro siglos. ¿Qué opina sobre el continuo éxodo rural?

R.- Más que éxodo es reticencia en la arribada. Vienen pocos. Antes de la romanización, en la romanización y después según los filósofos del tiempo, únicamente se aclimataban en las mesetas las tribus más duras, las más laboriosas, las más esforzadas. Si no me equivoco fue Estrabón quien dijo algo parecido. Castilla es difícil.

P.- Usted ha afirmado que el protagonista de su novela 'El' 'camino' se resiste a perder los lazos de comunidad de su pequeño lugar de origen y cambiarlos por la deshumanizada ciudad. ¿Cree que las urbes se alejan cada vez más de la escala humana?

R.- Las ciudades obedecen a otras leyes. Admiten más modernismo. El pueblo necesita simplemente mayor confort: caminos, agua, buena tierra, posibilidades deportivas... Pueden prescindir de momento de la estética porque belleza hay ya en su primitivismo. La ciudad puede dejar volar la imaginación.

P.- En 'La tierra herida,' el libro que publicó en 2005 con su hijo Miguel, se pregunta qué mundo heredarán nuestros hijos. ¿Hay esperanza de llegar a un futuro de armonía con el planeta?
R.- Si creyéramos que no había esperanza, yo habría cerrado la tienda y me limitaría a esperar el milagro.

P.- ¿Qué títulos de su obra le han dado más satisfacción?
R.- 'Viejas historias de Castilla la Vieja', 'El' 'hereje', 'Los' 'Santos' 'Inocentes', 'El' 'camino'. Satisfacciones, sin gustarme, también me dio 'La sombra del ciprés'.
P.- Según usted, los tres ingredientes esenciales de una novela son «un hombre, un paisaje, una pasión». ¿Qué persona, qué paisaje y qué pasión han marcado la novela de su vida?
R.- En lo que es mi vida personal mi mujer, Castilla y la caza.

12 marzo, 2010

EL CASTELLANO CONCISO...


por VIRGINIA HERNÁNDEZ

«Con afecto. Miguel Delibes». Directa, sin florituras inútiles. Como sus libros. Esa fue la dedicatoria que el escritor vallisoletano firmó para nuestros lectores en la última Feria del Libro de Madrid. Una sola palabra que decía mucho del maestro, del castellano recio que siempre fue y que retrató como nadie una tierra poco dada a los excesos. Del novelista que fotografió la vida rural cuando todavía no estaba condenada a la desaparición. Miguel Delibes cumplió los 89 el pasado octubre, pero no tenía ganas de hacerlo («Doy mi vida por vivida»). Arropado por su siete hijos y sus nietos que, como él decía, nunca le habían fallado, echaba de menos a su esposa, Ángeles Castro, a la que perdió 35 años atrás, y poder enhebrar de nuevo una gran novela: «La imposibilidad de concentración seca mi cerebro», reconocía sin circunloquios.

Se despidió con 'El hereje' (1998) y, bromas de la vida, el día que terminó la última página, el médico le diagnosticó un cáncer de colon que le obligó a pasar varias veces por el quirófano y a renunciar a su pasión. A reconocerse que ya era viejo («yo entiendo que la medicina ha prolongado nuestra vida, pero no nos ha facilitado una buena razón para seguir viviendo»). Pero su adiós ya estaba anunciado: su discurso del Premio Cervantes cuatro años antes ya marcaba la línea que pensaba seguir: «El arco que se abrió para mí al obtener el Premio Nadal se cierra ahora, en 1994, al recibir de manos de Su Majestad el Premio Cervantes».

El Nadal, que había inaugurado su amiga Carmen Laforet en 1945 con la revolucionaria 'Nada', inició sus pasos como escritor al galardonar 'La sombra del ciprés es alargada' (1947), una novela pesimista, que le dio muchas satisfacciones como autor, aunque su preferida era 'Viejas historias de Castilla la Vieja' (1964). Delibes aseguraba en una entrevista: «Mi tristeza esencial no es ninguna novedad. Decir al lector que yo viví las penas de 'La sombra del ciprés...' desde los seis o siete años le dará pie para pensar que de crío tampoco fui la alegría de la huerta».
Tercero de ocho hijos, acudió el Colegio La Salle de Valladolid y completó Comercio y Derecho y los estudios de Periodismo en la Escuela Oficial de Madrid. Con 26 años obtuvo la cátedra de Derecho Mercantil en la Escuela de Comercio de su ciudad, de la que fue director su padre, Adolfo Delibes.

Antes, a los 21, había comenzado a colaborar como caricaturista y redactor con 'El Norte de Castilla', diario del que fue director entre 1958 y 1963. El Periodismo le dejó la virtud de decir mucho con pocas palabras: «Me enseñó a valorar la humanidad de la noticia. Y como trabajé en una época en la que los periódicos tenían dos hojas, aprendí a economizar las palabras, a decir muchas cosas en poco espacio». En 1950 publicó 'El camino', probablemente una de sus novelas más conocidas. Ya al frente del periódico escribió 'La hoja roja' (1959) y 'Las ratas' (1963). En las tres novelas se aprecia un respeto casi reverencial a la naturaleza que le acompañaría siempre, incluso obtuvo en 2008 el 'Honoris Causa' por la facultad de Biología de Salamanca. La censura le apartó del mando del periódico: «Dimití porque el señor Fraga quiso imponerme un subdirector que hiciera las veces de director y, en consecuencia, me controlara. No pude aceptarlo».

Después llegó 'Cinco horas con Mario' (1966), el monólogo que inmortalizó Lola Herrera sobre los escenarios; fue elegido académico de la RAE, en la que ingresó en 1975; escribió 'El disputado voto del señor Cayo' (1978), 'Los santos inocentes' (1981), obtuvo el Príncipe de Asturias (1982), compartido con Gonzalo Torrente Ballester, el Nacional de las Letras en 1991, el Cervantes en 1993... Una carrera plagada de éxitos de quien se describió a sí mismo en una ocasión como «un chopo alto y solitario, puntiseco, dominando un mar de surcos con los trigos apuntados».
Apasionado de la caza —lo heredó de su padre— y amante del cine, en sus últimos años echaba de menos sentarse en una butaca de pasillo acompañado del acomodador y su linterna. «El cine en casa en un sucédaneo», aseguraba, y su sordera no le dejaba distinguir en las salas entre diálogo y música. Tuvo muchas oportunidades de ver sus novelas en pantalla y tenía sus preferencias: «Ha habido de todo: grandes películas como 'Los santos inocentes', de Camus; buenas películas como 'El señor Cayo', de Giménez Rico; malas e infames películas, como 'La sombra del ciprés es alargada', de Alcoriza».

Se confesaba de centroizquierda y cristiano convencido y su sueño era ver una justicia divina que el mundo no mostraba: «Espero que Cristo cumpla su palabra y ella nos traiga una paz y una justicia perdurables a los que tanto las hemos predicado. Para mí eso podía ser una forma de vida eterna». Apartado en su casa debido a la enfermedad y la vejez, Delibes no se olvidó de la actualidad y denunció los peligros del cambio climático, los desmanes de George Bush al negarse a firmar el Protocolo de Kioto, los sueldos descabellados de los futbolistas, la ambición de poder de los políticos... Escritor, periodista, en definitiva, una mente verdaderamente lúcida.
Miguel Delibes falleció el 12 de marzo de 2010 en Valladolid, a los 89 años.

07 marzo, 2010

NACIDO PARA EL LUTO....MIGUEL HERNANDEZ



ANTONIO MUÑOZ MOLINA ANTONIO MUÑOZ MOLINA 07/03/2010

A Miguel Hernández todo le pasó en un tiempo muy breve, pero su vida es una larga cadena de esperas. Habría que sustraer, de los pocos años que vivió, todas las horas, los días, los meses que se pasó esperando algo, desesperando de que no llegara, enviando peticiones de ayuda a personas siempre mejor situadas que él que no tenían el tiempo o las ganas de contestar a sus demandas. Otros disfrutaban el resguardo de una posición social o de un privilegio literario o político: Miguel Hernández se supo siempre a la intemperie, en la paz y en la guerra, en la literatura y en la vida, en la cárcel y en la cercanía de la muerte. Esperó tanto, hasta el final, que los últimos días de su vida los pasó esperando a que lo trasladaran a un sanatorio antituberculoso, que le trajeran a su hijo para poder verlo por última vez.

Escribía cartas y aguardaba respuestas con expectación angustiada: cartas a su novia, Josefina Manresa; cartas a los amigos, a los que pedía favores apremiantes, dinero prestado, influencias; cartas a los poetas célebres, a los que asediaba con una mezcla de orgullo insensato y tosco servilismo; cartas desde la cárcel, en los últimos años de su vida, solicitando avales políticos, gestos de clemencia, noticias sobre el hijo demasiado pequeño y demasiado frágil que tal vez acabaría teniendo el mismo destino del hijo anterior, muerto a los 10 meses, amortajado con los ojos abiertos, con el mismo gesto atónito que se le quedó a él mismo cuando velaban su cadáver: unos ojos muy grandes, desorbitados por la enfermedad de la tiroides, sobre cuyo color exacto no hay acuerdo entre los testimonios de quienes lo conocieron.
Qué podemos saber de verdad sobre la vida de alguien que murió no hace tanto, en 1942, si los testigos ni siquiera concuerdan en el color de sus ojos: Miguel Hernández los tenía verdes y muy claros, o muy azules, resaltando más en su cara morena; o los tenía pardos, según dice uno de sus biógrafos, Eutimio Martín, aportando la prueba de su ficha militar y la de su filiación de prisionero.

Lo que atestiguan sin duda las fotografías es el tamaño y la expresión de los ojos, la atención fija en todo, la mirada de una desarmada franqueza que es todavía más visible en el dibujo que le hizo Antonio Buero Vallejo en la cárcel. Fue ese dibujo el que convirtió a Miguel Hernández no en un hombre real, sino en un icono reverenciado de algo, de muchas cosas, demasiadas, cuando lo veíamos reproducido en los pósters del antifranquismo, en nuestras galerías de retratos de la resistencia, junto a Lorca, junto a Antonio Machado, tal vez también junto a Salvador Allende, Che Guevara, Dolores Ibárruri. En ciertos bares, en ciertos pisos de estudiantes, la cara y la mirada de Miguel Hernández formaban parte de un paisaje visual que también incluía las reproducciones del Guernica. Era difícil pensar entonces que aquel retrato hubiera sido el de un hombre real, no un santo laico ni un mártir ni un símbolo, un hombre, además, que si hubiera vivido no sería entonces muy viejo, porque había nacido ya bien entrado el siglo, en 1910.

Estremece siempre hacer las cuentas de su edad: con 22 años hizo su primer viaje a Madrid y publicó su primer libro de poemas; no había cumplido 26 cuando logró por primera vez la maestría indudable de El rayo que no cesa; tres años después, la guerra ya perdida, entró por segunda vez en la cárcel y no volvió a salir de ella. Pero la rapidez de todo se vuelve más asombrosa cuando contrastamos la altura de sus logros mejores con su punto de partida. Hacia 1937, Miguel Hernández empezó a escribir poemas con una voz y un despojo que no se parecen a nada en la literatura española, y muy poco antes había alcanzado ya un dominio de lenguaje y de las formas poéticas en el que estaba comprimida por igual la disciplina de la tradición clásica y la libertad del surrealismo: pero sólo unos años atrás, a finales de los veinte, su horizonte poético era todavía el de la retórica averiada de los juegos florales, cuando no el todavía más horrendo de la poesía entre sentimental y rústica en dialecto comarcal, muy imitada, de Gabriel y Galán. El mismo hombre que publica en 1937 la Canción del esposo soldado había presentado en 1931 un Canto a Valencia a un concurso oficial en dicha provincia, en el que, bajo el lema Luz�Pájaros�Sol, se sucede una catarata de versos que incluye el siguiente pareado: Con emoción agarro?/ el musical guitarro.

Tenía desde que encontró su vocación, en la primera adolescencia, la desvergonzada capacidad de mimetismo de los grandes autodidactas, el amor agraviado por el saber de quien fue apartado demasiado pronto de la escuela. Una leyenda que él mismo se ocupó de alimentar ha exagerado la pobreza de sus orígenes, y contribuido fatalmente al malentendido paternalista y populista que hace de él un talento rústico, una especie de diamante en bruto. Es verdad que Miguel Hernández dejó la escuela a los 14 años y se puso a cuidar cabras, pero las cabras pertenecían a los rebaños de su padre, que era un hombre de cierta posición. Más que la pobreza, lo que debió de herirlo cuando tuvo que abandonar la escuela fue la vejación de verse a sí mismo pastoreando cabras mientras otros con menos inteligencia natural que él continuaban en las aulas; también la sinrazón de una brutal autoridad paterna que no por ser propia de la época era menos hiriente para su espíritu innato de rebeldía y de justicia. El padre despótico veía la luz encendida a altas horas de la noche en el cuarto del niño lector y lo castigaba a correazos y a patadas (20 años después su hijo estaba muriéndose de neumonía y tuberculosis en la prisión de Alicante y no se molestó en visitarlo).

Pero se marchaba el padre y Miguel Hernández volvía a encender la luz y recobraba el libro escondido, muy usado, alguno de los que encontraba en la biblioteca pública o en la de un sacerdote de Orihuela, el padre Almarcha, que empezó siendo su protector y fue luego uno de sus muchos verdugos. Leía de noche a la poca luz de una bombilla o de un candil, y cuando salía con las cabras llevaba el libro escondido en el zurrón y seguía leyendo, devorando toda la poesía española que encontraba, la buena y la mala, lector omnívoro a la manera de los autodidactas que no tienen más guía que su propio entusiasmo, originado quién sabe dónde. Nada de lo que a otros les estuvo siempre asegurado fue fácil para él: nada de lo más elemental, el papel, la pluma, la tinta, la mesa.
Escribía versos en papel de estraza con un cabo de lápiz. Quería escribir y no tenía dónde apoyarse. Una piedra, el lomo de una cabra. Hay que leer sus poemas juveniles para darse cuenta de la penuria estética de la que partió, de la clase de talento y de furiosa voluntad que le fueron necesarios para sobreponerse a limitaciones invencibles. Entre la retórica mal digerida de la poesía barroca y de los atroces versificadores tardorrománticos y tardomodernistas, en esos poemas aparece un fogonazo de realidad observada de cerca, de naturaleza y vida animal y exasperación humana de soledad y deseo: Miguel Hernández, pastoreando cabras, copia laboriosamente los lugares comunes más decrépitos de la poesía pastoril, pero le sale de pronto una desvergüenza sexual campesina, una claridad expresiva que con el paso del tiempo será uno de los rasgos más originales de su voz poética, el arte supremo de hacer literatura llamando a las cosas por su nombre.

Tampoco tuvo vergüenza para medrar cuando le fue necesario: para cultivar un personaje que al despertar simpatías le beneficiaba en sus propósitos, pero también lo hacía vulnerable a la condescendencia, bienintencionada o malévola. Empezó jugando a ser el "pastor poeta" del primitivismo pintoresco, y en la sociedad literaria de Madrid en vísperas de la guerra siguió siendo, entre hijos de buena familia con inclinaciones izquierdistas, damas de sociedad y diplomáticos, el campesino moreno y exótico, el inocente y bondadoso que llevaba alpargatas y pantalón de pana que podía ser entrañable, pero no siempre era invitado a las reuniones de buen tono. Miguel Hernández, que persiguió con calculada adulación y sincero fervor a tantos de sus contemporáneos -la adulación y el fervor, en su caso, eran compatibles-, quizá no tuvo entre los literatos de Madrid ningún amigo de verdad salvo Vicente Aleixandre. En la intemperie de su vida había una soledad que no aliviaba nadie:
Ya vosotros sabéis /
lo solo que yo voy, por qué voy yo tan solo. /
Andando voy, tan solos yo y mi sombra.
Provocaba incomodidad, cuando no abierto rechazo. Rafael Alberti en verso y María Teresa León en prosa le atribuyen sin demasiados eufemismos un olor poco adecuado para las cercanía sociales. García Lorca no se presentaba en una casa si sabía que Miguel Hernández estaba en ella. Llamó por teléfono a Aleixandre con la intención de ir a visitarlo, y al enterarse de la presencia de Hernández no se contuvo: "Échalo".

De todo aquel grupo, sólo él conoció de primera mano el trabajo manual, sólo él pasó hambre al llegar a un Madrid en el que se le cerraban todas las puertas y en el que daba vueltas por las calles con el estómago vacío y con una carpeta de versos mecanografiados bajo el brazo, esperando a ser recibido por alguien importante, esperando a que apareciera en un periódico una entrevista prometida, a que le llegara un giro con algo de dinero que le permitiese prolongar un poco más la espera. Llegó la guerra y también fue él quien la conoció de cerca y de verdad, por decisión propia.
Para entonces había empezado a disfrutar algo de lo tanto tiempo esperado, la visibilidad que le trajo la publicación de El rayo que no cesa, celebrado públicamente nada menos que por Juan Ramón Jiménez en el diario El Sol, lo cual equivalía a una consagración. En la guerra, Miguel Hernández entra en posesión de todas sus mejores facultades como poeta y como militante político, pero también en eso lo acompañan el malentendido y la leyenda, la dificultad de encajar en los estereotipos de nadie. Su evolución política no es menos chocante que la rapidez de su maduración literaria: en 1935 aún escribía poemas y conatos de autos sacramentales influidos por el catolicismo entre místico y fascista de su amigo Ramón Sijé; en septiembre de 1936 es miembro del Partido Comunista y cava trincheras recién alistado en el Quinto Regimiento.
Pero tampoco cuadra, ni física ni metafóricamente, en la fotografía canónica de los poetas comprometidos con la causa republicana: vive con los soldados en los frentes, no en los despachos de la Alianza de Intelectuales. Y cuando en 1939 todo se derrumba, él se queda vagando en la intemperie de Madrid mientras casi todos los demás encuentran el camino del exilio. No hubo plaza en ningún avión ni pasaporte de última hora para quien había puesto su vida entera, su nombre y su literatura al servicio de la República; para quien no podría esperar clemencia de los vencedores ni tampoco esconderse en el anonimato.

Demasiado inocente o demasiado aturdido por la derrota, elige la peor huida posible y va a meterse él solo en la boca del lobo. Como Lorca buscando refugio en Granada, Miguel Hernández regresa con cabezonería suicida a su pueblo y a la cercanía de su mujer y su hijo, y en septiembre de 1939, ni siquiera con 29 años cumplidos, cae en la red de las cárceles y los procesos sumarísimos para no salir ya nunca. Nadie mejor que los paisanos y los convecinos de uno para abatirlo a traición con la quijada de Caín. El trato que recibe de los vencedores -civiles, militares, eclesiásticos- revela la catadura de un régimen construido expresamente sobre la venganza de clase. Miguel Hernández es el retrato robot del vencido, el enemigo perfecto.

Pero su martirio real no nos exime de la necesidad de mirar su figura completa como escritor y como hombre, que es mucho más rica que todos los estereotipos levantados sobre ella. Vivió en su tiempo, no en el nuestro. Hizo poemas a la Virgen María y también los hizo a Stalin. Cuando la cultura predominante en España era la antifranquista, Miguel Hernández fue elevado a un altar en el que convenía que destacara la parte más combativa de su obra, el estatuto de poeta voluntariamente popular que él asumió con todas las de la ley en los años de la guerra y que culmina en Vientos del pueblo; también, aunque en menor medida, en El hombre acecha, donde tan visible como la militancia política es el desaliento por la carnicería y la destrucción que ya duran demasiado, el puro espanto ante lo peor de la condición humana:
Se ha retirado el campo /
al ver abalanzarse /
crispadamente al hombre.

Pero en la ansiosa modernidad de los años ochenta, de pronto, ya no había sitio para Miguel Hernández: los mismos rasgos que habían contribuido a su consagración ahora lo volvían anacrónico. En un país donde no hay actitud intelectual más celebrada que el desdén, nada era más fácil de repente que desdeñar a Miguel Hernández: había que ser cosmopolitas, y él resultaba demasiado autóctono; neuróticamente urbanos, y Hernández parecía demasiado rural; adictos a las modas capilares e indumentarias, y él permanecía congelado en su cabeza rapada y sus ropas de pana. En una época, los años ochenta, en la que estaba de moda despreciar con un mohín a Antonio Machado, Miguel Hernández tenía algo de antigualla embarazosa. No era un poeta: era una letra de canción anticuada.
Quizá ahora estamos en condiciones de mirarlo como fue y de leer de verdad su poesía, más allá de los pocos poemas que algunos recordamos todavía, los que se hicieron célebres en la resistencia y en la primera transición. El trabajo acumulado de los biógrafos -Agustín Sánchez Vidal, José Luis Ferris, Eutimio Martín- nos permite un conocimiento sólido de una vida demasiado breve y mucho más rica en pormenores y resonancias que cualquier estereotipo: la vida no de un inocente, ni de un buen salvaje exótico, ni la de un santo, sino la de un hombre que sobreponiéndose a circunstancias terribles logró hacer de sí mismo aquello que soñó desde que era un chaval pastoreando cabras: un poeta y un hombre en la plenitud de su albedrío.
En una literatura tan pudibunda y tan temerosa de lo sentimental como la española, él escribió sin reparo sobre el deseo sexual, sobre su ternura masculina de esposo y de padre. Su mejor poesía política conserva una fuerza de belleza y rebeldía que la hace muy superior a la de Neruda. Neruda no habría escrito jamás, por ejemplo, El tren de los heridos. Le faltaba empatía verdadera hacia los seres humanos, y no había compartido sus padecimientos.
Neruda se declaró siempre maestro de Hernández, y sin duda lo fue en algún momento, pero yo tengo la sospecha de que el Canto General le debe a Vientos del pueblo mucho más de lo que el propio Neruda habría estado dispuesto a reconocer. En Miguel Hernández lo más íntimo y lo más político, la emoción privada y la arenga pública, se conjugan más estrechamente que en ningún otro poeta. Y en el Cancionero y romancero de ausencias, la hondura y el despojo provocan un estremecimiento que es el de las cimas más solitarias de la literatura, el del Libro de Job y las Coplas de Jorge Manrique y François Villon y Fray Luis de León y la Balada de la cárcel de Reading y Antonio Machado. Toda retórica ha sido abolida, todo rastro de amaneramiento.
Los versos tienen a veces una impersonalidad desnuda de poesía popular, de letra flamenca o de romance antiguo; en ellos se nota la doble sombra triste de Machado y de Lorca, los otros dos poetas aniquilados por la guerra:
Písame,/
que ya no me quejo./
Ódiame,/
que ya no lo siento./
No me olvides/
que aún te recuerdo/
debajo del plomo/que embarga mis huesos.
Demasiado viene durando ya la espera. Ahora que va a hacer un siglo que nació ha llegado el tiempo de leer a Miguel Hernández.

01 marzo, 2010

EPISTOLARIO AMOROSO...

Pessoa 'in love'
Carmen Sigüenza / Efe Madrid
Actualizado lunes 01/03/2010 17:11 horas

"Fernando Pessoa escogió la literatura simplemente porque no podía escoger el amor" escribe Antonio Tabucchi en el prólogo de 'Cartas a Ophelia', el libro que recoge el epistolario del genial poeta portugués a Ophelia, su casto amor, y que se publica ahora con el sello de la editorial El Zorro Rojo y las ilustraciones del artista argentino Antonio Seguí.

El resultado es este bello libro, que ha estado ausente de las librerías más de 20 años y que pone de relieve otra de las caras de Fernando Pessoa (Lisboa, 1888-1935). Una más, entre la 'multitud' que fue el autor (Ricardo Reis, Alberto Caeiro, Alvaro Campos o Bernardo Soares).

'Cartas a Ophelia' reúne las 48 cartas que escribió el poeta a su joven amada, el único amor que se le conoce, cuando él tenía 32 años y ella 19. Divididas en las dos etapas que ocupó esta relación sentimental. Durante 1920 y de 1929 a 1930.

Ophelia Queiroz era una mecanógrafa en las oficinas Félix, Valladas & Freitas de Lisboa, donde Pessoa se ocupaba de traducir la correspondencia comercial. Y es Ophelia quien relata el encuentro con el poeta, algo que evoca ya en su madurez. Su relato está incluido en el libro.
 
"Un día se fue la luz en la oficina. Freitas no estaba y Osorio, el 'grumete', había salido a hacer unos recados. Fernando fue a buscar una lámpara de petróleo, la encendió y la puso encima de mi mesa. Poco antes de la hora de partida, me alcanzó una notita que decía 'Le pido que se quede'. Yo permanecí expectante. Por entonces ya había notado el amor de Fernando hacia mi; y yo, lo confieso, también le encontraba gracia...".
Y este fue el punto de partida para esta relación, de la que Tabucchi en el extenso y profundo prólogo escribe: "Inscrita entre la parodia de la declaración de Hamlet a Ofelia, en pequeñas notas ocultas en cajitas de caramelos.. la historia de este amor secretísimo y casto, de tan optimista puerilidad y a la vez tan carente de esperanza, podría parecer ridícula acaso, si no participara, exactamente como los auténticos grandes amores, de lo ridículo y lo sublime".

Unas cartas que también tienen ficción porque aparece la heteronimia de Pessoa, ya que el ingeniero Alvaro de Campos, el único homosexual de sus personajes, también se presenta a Ophelia.

"Mi querido y pequeño bebé", "Mi querido y pequeño amor". "Mi bebé pequeño y travieso". En estos términos se refiere Pessoa a su amada, en unas cartas que pueden resultar algo "naïves", para un personaje tan complejo y rico como Pessoa, tan moderno y de verdad.

Cartas que hacen referencia a los horarios, a la vida cotidiana y que para Tabucchi muestran una relación "neurótico, maniática, como son los amores que por norma duran toda una vida: exactamente lo contrario de algunas pasiones liberadoras, arrolladoras y basadas enteramente en los riñones, No: éste fue, sin saberlo, un matrimonio y como tal se alimentó de costumbres".