15 abril, 2012

"SERIA UNA TRAGEDIA QUE LA CULTURA ACABE EN PURO ENTRETENIMIENTO"


ENTREVISTA

Premio Nobel de Literatura. Publica ahora el ensayo ‘La civilización del espectáculo’

Jan Martínez Ahrens 15 ABR 2012 - 23:26 CET
Mario Vargas Llosa en su casa de París en 2003. / DANIEL MORDZINSKI

A Mario Vargas Llosa (Arequipa, Perú, 1936) le asaltaba desde hacía algún tiempo la incómoda sensación de que le estaban tomando el pelo. Lo empezó a sentir al visitar ciertas exposiciones y bienales, asistir a algunos espectáculos, ver determinadas películas y programas de televisión e incluso le ocurría cuando se arrellanaba en el sillón para leer ciertos libros y periódicos. En esos momentos, como él mismo cuenta, le sobrevenía la sensación, poco definida al principio, de que se estaban burlando de él, de que estaba “indefenso ante una sutil conspiración” para hacerle sentir un inculto o un estúpido, para hacerle creer que un fraude era arte; un embuste, cultura.
De esa sensación surgió una convicción y de esta un ensayo, La civilización del espectáculo (Alfaguara). En sus páginas el premio Nobel de Literatura disecciona la conversión de la cultura en un caos donde “como no hay manera de saber qué cosa es cultura, todo lo es y ya nada lo es”. Esa disolución de jerarquías y referentes es consecuencia, para Vargas Llosa, del triunfo de la frivolidad, del reinado universal del entretenimiento. Pero los efectos de este clima de banalización extrema no se limitan a la cultura. Para el escritor, y quizá sea este su juicio más severo, el empuje de la civilización del espectáculo ha anestesiado a los intelectuales, desarmado al periodismo y, sobre todo, devaluado la política, un espacio donde gana terreno el cinismo y se extiende la tolerancia hacia la corrupción, algo que el autor de Conversación en La Catedral ilustra con una anécdota de su tierra natal:
“En las últimas elecciones peruanas, el escritor Jorge Eduardo Benavides se asombró de que un taxista de Lima le dijera que iba a votar por Keiko Fujimori, la hija del dictador que cumple una pena de 25 años prisión por robos y asesinatos.

“¿A usted no le importa que el presidente Fujimori fuera un ladrón?”, le preguntó al taxista.
“No” —repuso este— “porque Fujimori solo robó lo justo”.
Lo justo. La indiferencia moral. La civilización del espectáculo.

“La frivolidad es teneruna tabla de valores completamente confundida, es el sacrificio de la visión del largo plazo por el corto plazo, po lo inmediato. Justament eso es el espectáculo”
El ensayo, un diamante para la polémica, lo explica Vargas Llosa con voz cálida y precisa, que inunda la línea telefónica desde el otro lado de Atlántico, viernes por la mañana en Lima.
P. Mantiene usted que la cultura se ha banalizado, que triunfa la frivolidad en su peor sentido, que el erotismo pierde en favor de la pornografía, que la posmodernidad es, en parte, un experimento fallido y pedante, que el periodismo amarillea, que la política se degrada, que en la civilización del espectáculo el cómico es el rey… ¿Hay escapatoria?

R. Sí, hay escapatoria. La historia no está escrita, no es fatídica, cambia. Justamente nos ha tocado vivir una época en que hemos visto las transformaciones históricas más extraordinarias e inesperadas. Si alguien me hubiera dicho cuando yo era joven que iba a ver la desaparición de la Unión Soviética, la transformación de China en un país capitalista; si alguien me hubiera dicho que América Latina iba a estar en pleno proceso de crecimiento, mientras Europa vivía su peor crisis financiera en un siglo, no me lo hubiera creído y, sin embargo, todas esas cosas han pasado. Desde luego que se puede esperar una renovación de la vida cultural, de las artes, de las humanidades, y que abandone ese sesgo cada vez más frívolo, superficial, que yo creo que es una de sus características principales hoy en día; no la única, porque hay excepciones a la regla, afortunadamente. Pero esa banalización tiene consecuencias no solamente en el campo de la cultura, sino en todos los otros. Por eso en el libro me refiero a la política, incluso a la vida sexual, a la relación humana. Todo eso se puede ver muy afectado si la cultura vive en la banalización, la frivolización permanente.

“No todos pueden ser cultos de la misma manera, no todos quieren ser cultos de la misma manera y no todos tendrían que ser cultos   de la misma manera,ni muchísimo menos”

P. Y eso le produce un cierto enfado, sensación de tomadura de pelo. ¿Desde cuándo?
R. Es un proceso, no llega de una vez, pero sí recuerdo, por ejemplo, el shock que supuso para mí hace algunos años visitar la Bienal de Venecia, que era una vitrina del prestigio y la modernidad, de la novedad, del experimento, y de pronto, después de un recorrido de un par de horas, llegar a la conclusión de que allí había mucho más fraude, embuste, que seriedad, que profundidad. Fue para mí una experiencia bastante importante, que me llevó a reflexionar sobre este tema. Al final del libro, en un texto que es bastante personal, cuento cómo enriqueció mi vida leer buenos libros, conocer la gran tradición pictórica, el mundo de la música, cómo eso dio un sentido, un orden, una organización al mundo que lo hizo para mí muchísimo más interesante, más rico, más estimulante. Yo creo que sería una tragedia que justamente en una época en que hay un progreso tecnológico, científico, material extraordinario, al mismo tiempo, la cultura vaya a convertirse en un puro entretenimiento, en algo superficial, dejando un vacío que nada puede llenar, porque nada puede reemplazar a la cultura en dar un sentido más profundo, trascendente, espiritual a la vida.

Los periódicos más serios tratan de resistir al sensacionalismo, pero si la supervivencia está en juego tienen que hacer concesiones
P. Hay un momento, cuando habla usted de la añoranza, en el que dice: “Lo peor es que probablemente este fenómeno [la banalización de la cultura] no tenga arreglo y lo que yo añoro sea polvo y cenizas sin reconstitución posible”.
R. Espero equivocarme.

P. Ese pesimismo resulta llamativo en alguien de su éxito.
R. …nostalgia de viejo. A ratos siento, sí, cierta angustia porque… Mire, yo viví en Inglaterra y me acuerdo el deslumbramiento que me produjo ver la televisión; la que había conocido antes era muy pobre, muy mediocre, y de pronto descubrí que sí había posibilidades de utilizar la televisión en un sentido creativo y no solo porque los mejores escritores y dramaturgos escribían para la televisión… Había un programa que veía con pasión, se llamaba Panorama, periodismo de investigación. Me acuerdo, por ejemplo, de una entrega de dos horas sobre los disidentes en la Unión Soviética filmado en Moscú clandestinamente. Y de pronto, al cabo de los años, vi que la televisión de Inglaterra había caído también en la frivolidad total. Los mejores países, los que uno supondría que están más defendidos contra eso, han ido también sucumbiendo a esa especie de mandato generacional hacia el facilismo, la superficialidad, la frivolidad. Hay excepciones, desde luego...

P. …su propia obra es una excepción. ¿No es un ejemplo de que la capacidad de autocrítica sobrevive? ¿Qué no todo es autocomplacencia y frivolidad?

“Estallidos como el 15 M son interesantes si no caen en el conformismo de la inconformidad”
R. Sí, pero es siempre preocupante que el mayor vigor, la mayor riqueza, esté ahora en el pasado más que en el presente; que no sea algo de actualidad, sino que hay que volver la vista atrás… Y hay otro aspecto. Junto a la frivolización, hay un oscurantismo embustero que identifica la profundidad con la oscuridad y que ha llevado, por ejemplo, a la crítica a unos extremos de especialización que la pone totalmente al margen del ciudadano común y corriente, del hombre medianamente culto al que antes la crítica servía para orientarse en la oferta tan enorme.

P. Pero lo que plantea es volver a los patrones culturales. ¿Es eso posible? ¿Existe legitimidad para hacerlo? ¿No hay un cierto aristocratismo en todo ello?
R. Aristocratismo es una palabra que provoca mucho rechazo, pero por otra parte el rechazo de la élite en bloque es una gran ingenuidad. No todos pueden ser cultos de la misma manera, no todos quieren ser cultos de la misma manera y no todos tendrían que ser cultos de la misma manera, ni muchísimo menos. Hay niveles de especialización que son perfectamente explicables, a condición de que la especialización no termine por dar la espalda al resto de la sociedad, porque entonces la cultura deja ya de impregnar al conjunto de la sociedad, desaparecen esos consensos, esos denominadores comunes que te permiten discriminar entre lo que es auténtico y lo que es postizo, entre lo que es bueno y lo que es malo, entre lo que es bello y lo que es feo. Parece mentira que se haya llegado a un mundo donde ya no se pueden hacer este tipo de discriminaciones. Porque eso sí, si desaparecen esas categorías es el reino del embuste, de la picardía… La publicidad reemplaza al talento, lo fabrica, lo inventa.

P. Usted extiende su crítica a la cocina o la moda que están pasando a formar parte de la alta cultura.
R. Justamente esa es una de las manifestaciones de esa banalización y de esa frivolidad. No tengo nada contra la moda, me parece magnífico que haya una preocupación por la moda, pero desde luego no creo que la moda pueda reemplazar a la filosofía, a la literatura, a la música culta como un referente cultural. Y eso es lo que está pasando. Hoy en día hablar de cocina y hablar de la moda, es mucho más importante que hablar de filosofía o hablar de música. Eso es una deformación peligrosa y una manifestación de frivolidad terrible. ¿Qué cosa es la frivolidad? La frivolidad es tener una tabla de valores completamente confundida, es el sacrificio de la visión del largo plazo por el corto plazo, por lo inmediato. Justamente eso es el espectáculo.

P. Pero no encierra esa perspectiva una excesiva idealización del pasado, como esa edad dorada platónica que tanto criticaba Popper, y que tiene como consecuencia fosilizar la sociedad, cerrarla al cambio...
R. No, yo no estoy por la fosilización. No soy un conservador en ese sentido, desde luego que no, y sé que en el pasado, al mismo tiempo que Cervantes y que Shakespeare, existía la esclavitud, el racismo más espantoso, el dogmatismo religioso, la Inquisición, las hogueras para el disidente… Yo sé muy bien que el pasado venía con todo eso, pero al mismo tiempo no se puede negar que en ese pasado había cosas muy admirables, que han marcado profundamente el presente, que enriquecieron la vida de las gentes, la sensibilidad, la imaginación. Y esa era una función que tenía la alta cultura, y hoy día no se puede ni siquiera hablar de alta cultura porque eso es incorrecto, políticamente incorrecto.

“Hablar de moda y cocina se ha vuelto más importante que hablar de filosofía o música”
P. Hay una defensa muy interesante del erotismo en el libro, como obra de arte frente al “sexo descarnado”.
R. El erotismo fue en el mundo de la experiencia la conversión de un instinto en algo creativo, en una verdadera obra de arte y eso fue posible gracias a la cultura. Yo no creo que el erotismo nazca simplemente de una experiencia pragmática del sexo, ni muchísimo menos. Creo que es la cultura, que son las artes, el refinamiento de la sensibilidad que produce la alta cultura, la que crea el erotismo. El erotismo es una manifestación de civilizaciones, se da en sociedades que han alcanzado un cierto nivel de civilización. Y al mismo tiempo significa el respeto de las formas, la importancia de las formas en la relación sexual. Y ahí yo cito mucho a Georges Bataille, él defendió siempre el erotismo justamente como una manifestación de civilización, y fue muy reticente a la permisividad total porque creía que la permisividad total iba a matar las formas y al final se iba a llegar, otra vez, a una especie de sexo primitivo, salvaje. Y algo de eso ha pasado en nuestro tiempo.

P. Es decir, le falta erotismo a nuestra cultura.
R. Por eso el sexo significa tan poco para las nuevas generaciones. Significa un entretenimiento que es casi una gimnasia. Es como segar una fuente riquísima no solo de placer sino de enriquecimiento de la sensibilidad.

P. ¿Qué pensaría el Vargas Llosa de 25 años del libro que ha escrito el Vargas Llosa de ahora?
R. No me lo puedo imaginar. A nosotros nos ha tocado vivir una diferencia generacional sin precedentes en la historia. Precisamente por la extraordinaria revolución tecnológica, audiovisual, el mundo es tan absolutamente diferente que es muy, muy difícil ponerse hoy en día en la piel de un joven. Hay muchas cosas en el pasado que hay que suprimir, que hay que reformar sin ninguna duda. Pero hay una que yo creo que no, que hay que conservarla renovándola, actualizándola, que es la cultura. Una civilización que ha producido Goya, Rembrandt, Mahler, Goethe no es despreciable, no puede ser despreciable. Eso fijó unos ciertos patrones que deben ser, si se quiere, criticados pero mantenidos, continuados. Y esa continuación es la que yo creo que se pierde si la cultura pasa a ser una actividad secundaria y relegada al puro campo del entretenimiento.

P. Habla del pesimismo, del catastrofismo, incluso como un peligro mayor que la corrupción y cita una juventud apática, recluida en la hostilidad sistemática, aburrida. Fenómenos como el del 15-M, el de Occupy Wall Street, ¿no le generan cierta esperanza?
R. Sí, cierta esperanza sí. Siempre y cuando no se orienten en el sentido equivocado. Porque hay un cierto conformismo en la inconformidad. En eso Foucault escribió cosas muy interesantes. Pero sí, creo que hay estallidos entre los jóvenes que son bastante interesantes. No soy pesimista, sino más bien optimista, las cosas pueden cambiar para mejor. Pero hay algunos aspectos en los que es muy importante una crítica muy radical de un fenómeno representa una decadencia.

P. Una decadencia en la que incluye la corrupción política. Para ilustrarla cita usted una anécdota vivida por el escritor Jorge Eduardo Benavides, en Lima, cuando un taxista le dijo que votaba a Fujimori porque “solo robó lo justo”.
R. A mí me pareció maravillosa la historia. Hay una mentalidad ahí detrás ¿no? Un político puede robar; es más, no puede no robar, pero lo importante es que robe no más de lo debido.

P. Y ese tipo de conductas se están extendiendo…
R. …es por el desplome de los valores, no solamente estéticos, sino otros que antes, por lo menos de la boca para fuera, todos respetábamos. El político ya no debe ser honrado, debe ser eficaz. El ser honrado parece una imposibilidad connatural al oficio. Bueno, si se llega a un pesimismo de esa naturaleza entonces estamos perdidos. Y creo que no es verdad y yo lo digo, eso no es verdad. Pero hay una mentalidad que identifica la política con la picardía, con la deshonestidad. Es peligrosísimo sobre todo para el futuro de la cultura democrática. Si vamos a pensar eso entonces la cultura democrática no tiene sentido y a la corta o la larga va a desplomarse también.

P. Pero hay países donde hay mayor protección frente a la corrupción.
R. Por supuesto. La gran diferencia está en el mundo de la democracia y en el mundo del autoritarismo. En democracia hay corrupción, desde luego, lo estamos viendo todos los días. Pero precisamente lo vemos, sale a flote, existe una justicia más o menos independiente que puede todavía sancionar a los culpables. España es un ejemplo. Se puede decir que hay mucha corrupción pero estamos viendo casos de políticos importantísimos que son sentados en el banquillo de los acusados y que son condenados por pícaros, por ladrones, por traficantes. Bueno, esa es la gran diferencia. Eso no se ve en Cuba o China, donde de repente te enteras de que le cortan la cabeza a un señor porque dicen que delinquió y tenía cargos políticos. Hay diferencias. Y dentro de las democracias también. Las más avanzadas son menos corruptas que las más primitivas, las que son mucho más ineficientes. Recuerdo que en los años en que viví en Inglaterra, el escándalo más grande de corrupción fue el de un ministro de Margaret Thatcher, que no solamente perdió su ministerio sino que fue preso y perdió prácticamente todo su patrimonio por haber pasado un fin de semana en el Hotel Ritz de París, pagado por un jeque árabe. O sea, una corrupción de unos cuantos cientos o unos cuantos miles de libras esterlinas. Como comprenderá, eso en la época de Fujimori en el Perú era lo que robaba normalmente un pequeño alcalde. Ya no le digo los millones de millones de millones que consiguieron Fujimori y Montesinos. La sanción social fue muy escasa, puesto que en las últimas elecciones estuvo a punto de subir otra vez al poder con el voto popular. Esas diferencias sí son muy importantes. Y creo que es fundamental ser muy exigente y riguroso en ese campo, y no pensar que por ser político se tiene derecho a robar hasta cierto límite.

P. En las dictaduras hay evidentemente más corrupción. Pero también se da un fenómeno inverso. Ahí es donde la lucha de los intelectuales cobra mayor sentido. Es el caso de China con un premio Nobel de la Paz encarcelado.
R. Absolutamente. Cuando la libertad desaparece es cuando la libertad de pronto resulta importante. Y cuando la lucha por la libertad se convierte en una prioridad, el intelectual, el escritor, el poeta, el novelista, el pintor, de pronto empiezan a tener una importancia central en esa lucha. Ese es un fenómeno que lo estamos viendo en China, es interesantísimo, el caso de Ai Weiwei. Es una figura que representa hoy en día el espíritu de resistencia, la voluntad de apertura, de modernización, de democratización.

P. Al tratar de la degradación de los valores, incluye también el sensacionalismo en la prensa. ¿Cree usted en la autorregulación como una vía para atajar estas prácticas?
R. Creo que es la única. Que la propia prensa asuma una responsabilidad. Eso no se resuelve con sistemas de censura, ni muchísimo menos. Pero además yo creo que el sensacionalismo es la expresión de una cultura. La prensa forma parte de la vida cultural de un país. Y si la cultura empuja a la prensa a la chismografía, y hace de la chismografía un elemento central, al final el mercado se lo va a imponer a los periódicos, por más responsables y serios que quieran ser. Y eso lo estamos viendo en todas partes. Los periódicos más serios tratan de resistir, pero en un momento dado, si la supervivencia está en juego, tienen que hacer concesiones. El origen no está en los periódicos, el origen está en la cultura reinante, que impone la frivolidad y el amarillismo.

Hay una mentalidadque identifica la política con la deshonestidad eso es peligrosísimo
para el futurode la cultura democrática
P. Usted ha sufrido el sensacionalismo.
R. Lo he padecido. Toda persona que es conocida hoy en día es irremediablemente víctima de la chismografía. Pasas a ser un objeto que ya no puede controlar su propia imagen. La imagen se puede distorsionar hasta unos extremos indescriptibles. Mucho más si haces política en un mundo subdesarrollado. Allí ya todo puede ocurrir.

P. Y hay un efecto multiplicador con las nuevas tecnologías.
R. Frente a las cuales te puedes defender muy mal. A mí me pasó una experiencia hace un tiempo en Argentina. Una señora me felicitó por un texto que me dijo le había conmovido mucho de homenaje a la mujer. Y yo le dije que muchas gracias, pero que no había escrito ningún homenaje a la mujer. Pensé que era una cosa que se había inventado ella o que se había confundido. Un tiempo después me mandan mi elogio a la mujer, que había aparecido en Internet. Un texto de una cursilería que da vergüenza ajena, firmado por mí y lanzado al espacio con motivo de no sé qué. ¿Cómo te defiendes contra eso? Es absolutamente terrible. De pronto pierdes tu identidad, porque hoy en día hay esos mecanismos que permiten falsificaciones de esa índole. A mí me parece bastante aterrador. Tampoco puedes dedicar tu vida a rectificar. Al final dejas de escribir, dejas de leer, para tratar de rectificar todas las falsedades, invenciones que te atribuyen. Eso es uno de los aspectos justamente de la irresponsabilidad que ha traído la gran revolución audiovisual.

P. Pero también hay que reconocer que el universo de Internet y las redes sociales permiten la exposición universal de un artista o de un pensador al instante.
R. Y burlar todos los sistemas de censura; eso es un progreso. Pero al mismo tiempo también es otra forma de confusión que tiene efectos muy negativos en la cultura, en la información. El exceso de información en última instancia también significa la desaparición de la discriminación, de las jerarquías, de las prioridades. Todo alcanza un mismo nivel de importancia por el simple hecho de estar en la pantalla.

P. Aunque no ataca a las religiones, sino al contrario, se percibe en el libro un canto al ateísmo ilustrado. Hay un momento incluso que identifica cultura profunda con aquella fuerza capaz de reemplazar el vacío dejado por la religión.
R. La idea liberal, tradicional, de que con el avance del conocimiento, la religión se iba a ir desvaneciendo fue una ingenuidad. El grueso de la gente, países cultos o países incultos, necesita una trascendencia, algo que le asegure que no perecerá definitivamente, y que habrá otra vida de la índole que sea, y eso es lo que sostiene la religión. Solo una minoría de personas, y eso ha sido igual en el pasado y en el presente, llega a llenar ese vacío con la cultura, que les da suficiente seguridad, suficiente resistencia para aceptar la idea de la extinción. Pero es una ingenuidad combatir a la religión. Tiene una función que cumplir, y es dar ese mínimo de seguridad que permite vivir a la gente con la esperanza de otra vida, de una defensa contra la extinción que aterra a todas las generaciones, no importa que nivel de cultura tenga esa sociedad. Eso lo debemos aceptar los creyentes o no creyentes, siempre y cuando la religión no pase a identificarse con el Estado, porque entonces desaparece la libertad. La religión por definición es dogmática, establece verdades absolutas, y no quiere coexistir con verdades contradictorias. Pero mientras la religión ocupe el espacio que le es propio, creo que es indispensable para que una sociedad sea verdaderamente democrática, libre, en la que se pueda coexistir en la diversidad.
***
La diversidad, la libertad, la tolerancia. El escritor vive y revive en esas palabras. A lo largo de la entrevista, la amargura que, a veces, asoma en su discurso ante lo que considera la devastación de la cultura, siempre se atempera con ellas. De algún modo, son su anclaje ateo y su religión frente al espectáculo.
—“Hemos escrito otro libro, ¿eh?”, bromea antes de despedirse

LA VUELTA A LA VIDA DE SALMAN RUSHDIE....

 El escritor británico se vio privado de una vida digna tras publicar en 1988 'Los versos satánicos'El ayatolá Jomeini condenó el libro e hizo un llamamiento mundial a su ejecuciónVeinticuatro años después, el autor disfruta de una agitadísima actividad social en Nueva York

 
A las ocho de la tarde de un lluvioso martes del pasado ­febrero, Salman ­Rushdie entraba a grandes zancadas en Junoon, un restaurante del distrito Flatiron de Nueva York, donde 90 personas esperaban su llegada, algunas de ellas bebiendo a sorbos cócteles de vodka con infusión de manzanilla. Rushdie, el autor británico nacido en India, era el invitado de honor de una cena patrocinada por Dom Pérignon y Booktrack, el fabricante de una aplicación que sincroniza música en los libros electrónicos. Era la segunda fiesta de la noche para Rushdie, de 64 años, a quien esa misma tarde, más temprano, se le pudo encontrar conversando con la diseñadora Diane von Fürstenberg en una exposición del artista Ouattara Watts en el centro presentada por Vladimir Restoin Roitfeld, uno de sus galeristas.

En Junoon, tras dejar limpios los platos de cordero y berenjenas, Rushdie cogió un iPad y leyó en voz alta su relato corto In the South (En el sur), que apareció en The New Yorker en 2009 y al que Book­track había puesto una música original interpretada porla Orquesta Sinfónica de Nueva Zelanda. Cuando terminó, Rushdie se acercó a una mujer morena, delgada y de piernas largas sentada en el extremo de una larga mesa. “¿Qué tal lo he hecho?”, preguntó Rushdie. Ella alabó su lectura y él le agradeció que hubiese ido. Mientras el escritor se alejaba, ella se volvió hacia otro de los asistentes a la fiesta: “Es agradable verle salir, ¿verdad?”.
Puede que sea más apropiado preguntar: ¿dónde no han visto los neoyorquinos a Rushdie últimamente?

Casi 25 años después de la publicación de Los versos satánicos, que le obligó a esconderse durante una década después de que el ayatolá Jomeini de Irán condenase la novela y promulgase una fetua pidiendo su muerte, Rushdie se ha convertido en una presencia infatigable en la vida nocturna de Nueva York.

“Nadie imaginaría que un escritor pudiese ser mi mejor cliente”, asegura Graydon Carter, director de la revista ‘Vanity Fair’ y dueño del restaurante Waverly Inn
En enero se le vio con Francesco Clemente, pintor y amigo íntimo, en la inauguración de una exposición del artista Victor ­Matthews en el barrio de Chelsea. Varias semanas antes, Rushdie celebró un acto literario en Vermilion, un restaurante indio-latino en el que ha invertido y para el que, a principios de este año, el sitio web de cupones de descuento Gilt City ofrecía una promoción que consistía en una cena de seis platos por 95 dólares que incluía una copia firmada de uno de sus libros. Junto al cantante de R.E.M., Michael Stipe, Rush­die fue anfitrión de una velada en otro restaurante, Del Posto, a favor del Fondo Lunchbox, una organización benéfica fundada por Topaz Page-Green, exmodelo y amiga de Rush­die desde hace mucho tiempo. Su interés por la cultura popular parece inmenso, y abarca la moda (el pasado septiembre se le vio en primera fila del desfile de Olivier Theyskens), el teatro (asistió al estreno de Spiderman: el regreso de la oscuridad) y el cine (apareció en la fiesta de Vanity Fair en el Festival de Cine de Tribeca, en abril del año pasado).

De hecho, Rushdie, autor de 16 libros, que lleva la mayor parte de los últimos 12 años viviendo cerca de Union Square, ha empezado a escribir un guion para una serie del canal de cable estadounidense Showtime que se desarrollará en el Nueva York contemporáneo. “Creo que le gusta el ritmo vertiginoso de la ciudad”, explica David Nevins, presidente de programas de entretenimiento de la cadena. “Le gusta su diversidad y la actitud provocadora de la gente”.

Rushdie accedió inicialmente a ser entrevistado para este artículo, pero Barbara Fillon, directora adjunta de publicidad de Random House, que va a publicar sus memorias este otoño, notificó posteriormente en un correo electrónico que no estaría disponible.
De todos modos, los amigos de Rushdie atribuyen esa ubicuidad a su curiosidad y la sensación de encontrar refugio en una ciudad acogedora. “Ser capaz de respirar libremente, estar en Nueva York, hace que se sienta seguro”, dice Deepa Mehta, amiga y directora de la adaptación cinematográfica —aún por estrenar— de Hijos de la medianoche, novela de Rush­die de 1981 galardonada con el premio Booker (Rushdie es además el autor del guion). “Es la libertad. Es una persona feliz por estar viva”.
El británico no es ni mucho menos el primer escritor famoso en deleitarse con la vida nocturna de la ciudad. Desde Truman Capote (en los años cincuenta y sesenta) hasta Norman Mailer (en los setenta y ochenta), mezclarse con los miembros de la alta sociedad ha sido desde hace mucho tiempo una parte integral del mundo de la celebridad literaria.
“Ser capaz de respirar libremente, estar en Nueva York, hace que se sienta seguro. Es una persona feliz por estar viva”, dice la directora de cine Deepa Mehta

Pero la incesante presencia pública de Rushdie llama la atención no solo porque desobedece abiertamente el edicto que hay contra él en zonas más restrictivas del mundo, sino también porque se produce precisamente en un momento en el que muchos de los escritores más exitosos de Nueva York parecen llevar vidas tranquilas y domésticas en Brooklyn.
“En gran medida, los tiempos del escritor como personaje público han terminado”, afirma Mort Janklow, veterano agente literario. “Los escritores son más profesionales. Uno no oye hablar de enemistades. Uno no ve a los escritores más prolíficos haciendo vida social”.
Como Mailer, que tuvo seis esposas, Rushdie, que se ha casado cuatro veces (la última, con la presentadora de Top chef, Padma Lakshmi, de la que se divorció en 2007), se ha labrado una repu­tación de mujeriego. “Cada vez que uno lo ve, está con dos o tres mujeres guapísimas”, comenta Graydon Carter, amigo y director de Vanity Fair, que posee el restaurante Waverly Inn, frecuentado por Rushdie. “Es uno de mis mejores clientes. Nadie imaginaría que un escritor pudiese ser mi mejor cliente”.

El primer matrimonio de Rush­die, en 1976, con la agente literaria Clarissa Luard, terminó en 1987. Sus dos esposas siguientes también pertenecían al mundo literario: Marianne Wiggins es escritora, y la tercera, Elizabeth West, era editora literaria. Pero quizá la relación que más curiosidad despertó fue la que mantuvo con Lakshmi, una exmodelo y actriz ocasional con la que estuvo casado cuatro años. Desde su ruptura, se le ha relacionado con varias jóvenes atractivas.
Sus amigos dicen que una vez salió con Michelle Barish, personaje de la jet y exesposa del promotor de clubes nocturnos Chris Barish. La actriz Pia Glenn ha hablado públicamente de una relación con Rushdie. Y, el pasado noviembre, Devorah Rose, una aspirante a actriz de realities de televisión y directora de revista que escribe crónicas de la vida social en los Hamptons, publicó en ­Twitter una fotografía de ella y el escritor en una cena. “Pasándolo bien con ­@SalmanRushdie”, escribió. “Vuelve pronto a Estados Unidos para que podamos repetirlo”.

Lo que ocurrió a continuación entre Rose y Rushdie fue carnaza para los cotilleos. Rushdie dijo a The Post que Rose era una conocida. Rose contraatacó diciendo que Rushdie había andado tras ella con intenciones románticas, según la página de cotilleos Scallywagandvagabond.com, y aportó mensajes que el escritor supuestamente le había enviado a través de Facebook (y que la propia web publicó).
A diferencia de muchos otros intelectuales de su generación, que limitan sus apariciones en Internet a anuncios de lecturas y alguna que otra sobria página web homónima, Rushdie se ha entregado a las redes sociales con el entusiasmo de un adolescente atolondrado. Ha reunido a más de 246.000 seguidores en Twitter, cuelga algunos de sus escritos en Tumblr y participa tan animadamente en Facebook que hasta tuvo un enfrentamiento con la empresa cuando esta insistió en que usase su nombre real, Ahmed Rushdie, en su perfil (Rushdie se salió con la suya).

Deepika Bahri, una amiga y catedrática adjunta de inglés enla Universidad Emoryde Atlanta, en la que Rushdie es escritor residente distinguido, asegura que el británico está dispuesto a relacionarse en Internet con cualquier persona y a tratar cualquier tema, sea intelectual o no. “No creo que realmente le importe”, responde Bahri cuando se le pregunta si dicho comportamiento podría influir en la opinión que se tiene de él. “No le da miedo ni le preocupa lo que la gente piense, ni cómo pueda afectarle en su repu­tación literaria”.
Salman Rushdie, asistiendo con una acompañante a la entrega de premios Hombre del Año 2011 de la revista ‘GQ’ el pasado septiembre, en Londres. / CORDON PRESS
Con todo, sí parece esperar cierto civismo. Rushdie bloqueó en febrero a un seguidor en Twitter que comentó con ánimo hiriente qué suponía haber leído uno de los libros de Rushdie en el instituto. “Aquí no se tolera la descortesía”, escribió Rushdie en la red social. “Tus padres tienen que enseñarte buenos modales”.
El año pasado, un post sobre el escritor Philip Roth derivó en una pregunta de otro seguidor en Twitter que versaba sobre el divorcio de la estrella de realities Kim Kardashian de su marido, el jugador de baloncesto Kris Humphries. Rushdie respondió irónicamente con un poema humorístico que le ocupó tres tuits y que podría traducirse como: “El matrimonio de la pobre kim #kardashian quedó aplastado como un koche tras un choke. Su kris klamó: ¡no es justo! ¿Por qué no puedo kedarme con mi parte? Pero kardashian kedó pelada como una mona”.
Según sus amigos, para Rush­die, estas plataformas no son solo nuevas formas de mostrar su talento, sino que le ofrecen una especie de liberación. “Habla de haber renacido digitalmente”, dice Bahri. Inquirido sobre semejante interés por las redes sociales en la velada en Junoon del pasado febrero, Rushdie respondió: “Me gusta llegar a un nuevo público. El diálogo es estimulante”.
Sin embargo, sean cuales sean los giros sociales que se hayan producido en el ciberespacio o en la ciudad, Rushdie ciertamente ha mantenido su caché literario; lo cual no es poco, señala el veterano agente Janklow: “Es difícil ser un gran personaje social y un gran escritor”.
El autor sigue estando muy solicitado como conferenciante. En enero canceló un viaje a India —en el que iba a hablar en el Festival de Literatura de Jaipur— preocupado por los posibles riesgos que amenazaban su seguridad. Pero el mes pasado finalmente regresó al país para acudir al Cónclave India Actual de Nueva Delhi. Sus memorias se esperan con expectación; se supone que relatarán los años que permaneció oculto tras la promulgación de la fetua.
Se ha entregado a las redes sociales como un adolescente, hasta el punto de enfrentarse a los responsables de Facebook por un conflicto a raíz del nombre que usaba en su perfil (Rushdie se salió con la suya)
“Salman sigue estando en boca de todos y forma parte de la cultura y las conversaciones”, afirma Carter, de Vanity Fair.
Page-Green consiguió que el escritor se uniera al comité asesor del Fondo Lunchbox hace años. Y confiesa que le pidió que ejerciera de anfitrión en una feria literaria pensada para recaudar fondos que celebró hace unas semanas no solo por su capacidad para dar a conocer la organización benéfica, sino porque también invitaría a sus amigos famosos. “Su perfil es claramente literario, y el acontecimiento está relacionado con eso”, razona.

Brooke Geahan, vicepresidenta de publicaciones de Booktrack, conoció a Rushdie en un recital de poesía hace siete años. Contactó al autor para pedirle permiso para usar uno de sus relatos y, más tarde, pedirle que leyera en Junoon. “Es muy generoso”, afirma. Los ejecutivos de Booktrack esperan que la participación de Rushdie (y la publicidad que le rodea) en la velada atraiga la atención de otros escritores contemporáneos de prestigio; hasta ahora, su página web solo ofrece 14 títulos.
Sin embargo, eso no parecía tener importancia aquella noche en Junoon. Los invitados dispensaban bravos y felicitaciones a Rushdie, y le preguntaban dónde podrían volver a escucharle. Rushdie sonreía encantado.
Fue uno de los últimos en dejar la fiesta.

Revindicación de los días normales-Juan Cruz

La policía india detiene a un conductor que se dirigía a una protesta contra la visita de Rushdie a Nueva Delhi el pasado 17 de marzo. / ADNAN ABIDI (REUTERS)
Solo los que lo vieron vivir la fetua(la condena a muerte que dictó Irán contra él, por sus Versos satánicos) pueden entender de veras cómo se siente Rushdie desde que desapareció esa sombra. Lo dicen sus amigos: feliz de estar vivo.

Durante años, la amenaza lo obligó a vivir encerrado entre las puertas de una mazmorra infinita, que viajaba con él. Y que sigue marcándolo como una maldición. Hace unas semanas publicaba aquí Antonio Muñoz Molina una crónica sobre el más reciente puñal que le clavaron a esa sensación de libertad que recuperó Rushdie y exhibe, por ejemplo, en Nueva York. “En enero de este año”, escribía el novelista español, “Salman Rushdie tenía previsto asistir a un festival literario en Jaipur, en India. India está considerada una democracia. Grupos musulmanes oficialmente moderados mostraron su rechazo a la visita de este presunto hereje”.

Resultado: Rushdie, “que es un hombre bastante tranquilo y partidario de la buena vida”, como subraya Muñoz Molina, optó por quedarse en Nueva York, lejos de la sombra que no lo abandona desde que los ayatolás lo pusieron en el ojo huracanado de su inquina.
La decisión de Rushdie es mucho más simbólica que la condena: él no va, se queda viviendo, sin el temor de que una esquina sea el preludio de un disparo. Pero la condena sigue ahí, no es un símbolo ni un recuerdo añejo del que haya escapado su víctima. Entonces, ¿qué extraña que este escritor, simpático y abierto, mundano y vivaz, ame la vida, sus noches y sus entresuelos, si arrastra en la conciencia de su memoria la peor de las calumnias, la que condena a muerte?
Un día, su amigo Martin Amis le preguntó por lo que hacía un día normal. “¿Un día normal?”, repreguntó Rush­die. “No tengo días normales”. Desde que Jomeini depositó sobre su cabeza la manzana terrible de la muerte, él ha luchado por volver a la normalidad, a tener días como estas noches que aquí se describen. No es una aspiración, es una reivindicación de los días normales, de su derecho a tenerlos.

Hace algún tiempo, cuando aún estaba encarcelado de esa manera, Daniel Mordzinski lo hizo posar y lo situó entre media docena de puertas entreabiertas. Ahora Rushdie quiere tener todas las puertas abiertas, y se divierte. Cualquiera haría lo mismo. Como una reivindicación de los días normales.
© 2012 New York Times News Service. Traducción de News Clips

14 abril, 2012

ESE CHIPAZO...

"Una de las maravillas de vivir en estos tiempos es la posibilidad de asistir a la confluencia entre la poesía y el conocimiento"
Antonio Muñoz Molina 14 ABR 2012 - 12:58
 


JOHN LUND (GETTY IMAGES / BLEND IMAGES RM)
 
De pronto hay algo donde antes no había nada. De un momento a otro la desolación se ha convertido en fervor y la esterilidad en deslumbramiento. En la conciencia vacía o en la hoja o en la pantalla en blanco ahora hay una primera frase o un verso completo. En la imaginación ha surgido una música llegada de no se sabe dónde. Las horas o días de trabajo tedioso quedan cancelados por una súbita sensación de ligereza. Lo imposible ahora se ha alcanzado sin apariencia de empeño. Lo que era difícil se ha vuelto fácil o ha resultado ser difícil y fácil a la vez. El esfuerzo consciente se ha revelado superfluo porque alguien que no parece exactamente uno mismo ha susurrado una solución. A partir de ahora el trabajo no será menos exigente, pero sí más fluido y más grato.

La palabra susurrar es adecuada: la inspiración es un soplo. Las imágenes que aluden a esa experiencia contienen el aliento y también la luz: la claridad súbita que revela lo hasta entonces oculto. En el querido vocabulario de los cómics la idea súbita es una bombilla que se enciende en el cerebro o encima de él, quizás derivada de las lenguas de fuego que señalaron la presencia del Espíritu Santo sobre las cabezas de los apóstoles. Los símbolos evolucionan con la tecnología: la inspiración es una llama cuando la noche se iluminaba con candelas de aceite y una bombilla en la era de la electricidad.

Cualquiera que haga tareas que requieren algún tipo de invención conoce tales momentos, pero elude mencionarlos, por miedo a los malentendidos: a no ser tomado en serio, a ser tomado por un místico o un romántico, a que se piense que si todo depende de una ocurrencia súbita no hay mayor mérito en el logro, o cualquiera puede aspirar a él. El problema se agrava en sociedades ásperas que desconfían de la inteligencia y consideran parásitos o estafadores a quienes de un modo u otro dedican sus vidas a trabajos relacionados con ella.

Para que los profesores lo miren con la adecuada seriedad y para que sus paisanos no lo apedreen o al menos no lo miren como a un payaso el escritor, el artista o el músico engolan la voz al hablar de sus oficios, y resaltan con razón la parte que hay en ellos, siempre, de entrega y disciplina, de tesón y control, de revisión permanente. Pero rara vez hablan, hablamos, de aquello sin lo cual todo el esfuerzo y toda la perseverancia no sirven para nada y no llevan a ninguna parte, esa revelación súbita de la que nace muchas veces una canción, una historia, un poema, el prodigio inexplicable de lo que no es el resultado del pensamiento racional, ni del propósito consciente, sino del más puro azar, lo que llega no cuando se lo busca y se lo espera, sino precisamente cuando se ha dejado de buscar, cuando se estaba buscando con obstinación otra cosa.

Un libro, en mi experiencia, no es la realización de un proyecto, un edificio que deriva exactamente del trazado de los planos. Es algo que llega de pronto y que uno sigue medio a tientas, guiado como máximo por algo parecido a esa brújula de la que habla Javier Marías; una brújula, en cualquier caso, de eficacia incierta, de movimientos caprichosos de aguja: quizás una brújula que hay que consultar de noche a la luz de una llama que en cualquier momento puede apagarse. Uno no escribe para contar lo que sabe, sino para saber lo que cuenta. El plano, cuando llega a existir, existe como un fogonazo, y lo que ilumina son casi siempre conexiones inesperadas entre cosas que hasta ese mismo momento parecían muy alejadas entre sí. Marcel Proust creyó que estaba escribiendo un ensayo sobre el crítico Sainte-Beuve que a él mismo le parecía tedioso y en el que había trabajado con desgana durante años: de pronto, una tarde, instigado por el sabor más célebre de la literatura, el tedio se convirtió en arrebato y la dificultad de inventar en un casi delirio de imágenes y situaciones. En el duermevela del despertar Richard Wagner escuchó el acorde del que derivaría todo el inmenso edificio sonoro del Anillo del Nibelungo. El máximo desaliento había precedido a la mayor enajenación creadora.

Desde los griegos la inspiración inventiva se asoció a lo sobrenatural: en la etimología de la palabra entusiasmo está la idea de la posesión por un dios. Una de las maravillas de vivir en estos tiempos es la posibilidad de asistir a la confluencia entre la poesía y el conocimiento científico. Escáneres e imágenes magnéticas están favoreciendo una precisión cada vez mayor en el estudio de los procesos cerebrales, al mismo tiempo que la biología molecular permite conocer el sustento físico de la imaginación y la memoria. Jonah Lehrer, un divulgador de éxito especializado en la neurociencia, acaba de publicar Imagine: How Creativity Works, un libro sobre los descubrimientos en ese campo que parecía el más escurridizo y misterioso de todos: de dónde viene lo que parece surgido instantáneamente de la nada; lo intuido, lo medio soñado, lo que se escribe o se toca en un estado como de sonambulismo, la ocurrencia de un poema o de una melodía y también la de una de esas modestas invenciones que en seguida se vuelven obvias pero en las que nunca había pensado nadie: la cinta adhesiva, por ejemplo, el post-it, la canción Like a Rolling Stone de Bob Dylan, la mopa desechable, un poema de Auden, el eslogan I Love New York con el corazón rojo en el centro, el velcro, los primeros dramas históricos de Shakespeare; tantas de las cosas que implican el que según Lehrer es el más importante de nuestros talentos: la capacidad de imaginar lo que nunca antes ha existido.

En todos estos hallazgos dispares hay un cierto número de elementos comunes. Hay una mezcla de tozudez y capitulación: justo cuando se abandona después de un largo esfuerzo que no ha tenido fruto es cuando aparece lo que ya no se buscaba. Hay disciplina pero también hay jubiloso abandono: después de haberse adiestrado durante muchos años en el control absoluto de su instrumento un músico de jazz puede permitirse improvisar en un estado en el que el flujo de la electricidad y de la sangre en su cerebro se parece mucho al de la mente que sueña. Hay una memoria operativa que puede trabajar al mismo tiempo con una rica variedad de ideas e imágenes y hallar conexiones y similitudes sorprendentes. El inventor del velcro pensó de pronto en esas semillas pinchudas que se le quedaban adheridas en el lomo a su perro lanudo. El del post-it, un hombre muy religioso, perdía siempre los papelitos con los que separaba las páginas de su libro de himnos, y se acordó de un pegamento muy débil del que había oído hablar distraídamente hacía algún tiempo. Joyce conectó el mito de Ulises y el del Judío Errante con un día en la vida de un pobre hombre cualquiera de Dublín.
Chispazos así llegan de tarde en tarde, si llegan. Uno trabaja a diario con la esperanza, con la superstición de merecerlos.

Corrección: la semana pasada escribí que no hay una buena biografía de Luis Cernuda. Jordi Doce y otros lectores se han apresurado a corregir mi inexcusable ignorancia: Tusquets ha publicado una gran biografía de Cernuda escrita por Antonio Rivero Taravillo.

Imagine: How Creativity Works. Jonah Lehrer. Houghton Mifflin Harcourt, 2012. 279 páginas.

 

21 enero, 2012

UNA MIRADA AL AMOR INFIEL....


Pedro Antonio Curto (Desde España. Especial para ARGENPRE CULTURAL)
Cuando Pablo Picasso pintó Las Señoritas de Aviñón estaba sentando las bases del cubismo y lo hacía con los cuerpos troceados de un quinteto de mujeres que representaban un prostibulo. Su amigo Apollinaire le recomendó que lo llamase El Burdel Filosófico, finalmente tomó el nombre de Aviñón, una calle de Barcelona donde estaban varios burdeles. El cuadro estuvo nueve años sin salir a la luz pública, por la incomprensión de sus propuestas pictóricas y ocultando también lo que esas mujeres representaban, cuestión que continuó semioculta cuando el cuadro se hizo famoso. No es la única incursión que el pintor realizó en el mundo de la prostitución y lo hacía como el proclamó, veía a las mujeres, no como eran, sino como estaban en su cabeza.
La mirada del fotógrafo Ricardo Martínez Moreno no es muy picasiana, pero si tiene algo de creación particular, de mirada que nos lleva a empatizar, a sentirnos próximos, con parte de lo retratado, a pesar de que puedan ser mundos ajenos y lejanos, como los que muestran la exposición Huellas de un amor infiel, donde podemos contemplar fotografías de mujeres de clubes de alterne.
El cuerpo puede representar incorporación y pérdida de identidad, con un extravío que consiste en borrarse del discurso dominante y destinar un particular modelo femenino a las sombras. La mujer, como modelo histórico marginal, pone énfasis en un cuerpo-margen, en una resistencia refractaria al canon cultural masculino. Y esto se puede ver en las fotografía Huellas de un amor infiel. En un blanco y negro donde predomina la oscuridad, ellas, sus cuerpos, representan la luz. Están posando ante la cámara que las mira, ante el ojo que las observa, al igual que lo hacen en sus lugares de trabajo para atraer a los clientes. Pero quizás exista una libertad en esas poses, en particular cuando aparecen en grupo, acercándose a lo pictórico. Son poses y miradas, que buscan la creación del deseo, amoldarse al imaginario y la fantasía masculina, pero solo es una parte. Hasta mediados del siglo XX el ideal femenino se construía a partir del deseo masculino y debía resultar atractivo según los cánones establecidos socialmente.
 
Aunque esto siga vigente, las manifestaciones culturales y sociales que se han levantado contra esa norma, crean una dualidad que se percibe en las fotografías. Es esa creación donde se construyen a ellas mismas, se ofrecen al otro desde un dominio en el que controlan el discurso oculto a través de la transgresión. El gesto transgresor del discurso consiste en poner en circulación un cuerpo femenino por cuya carne transita lo no convencional. Ahí están las miradas o las no miradas, lo que ocultan unos párpados cerrados, el desafío, la luminosidad de la piel en unos sitios en su mayoría cerrados. Pues el cuerpo ha sido un espacio donde se construyen y se combaten las nociones del orden social. Lo que muestran las fotografías de Ricardo Martínez Moreno, no es erotismo o sensualidad al uso, huye de lo escabroso, a través del tamiz que permite el arte, con una cuidada visión escenográfica, poseen ante todo una carga emocional.
 
 Las mujeres aparecen en la intimidad, eliminando el aspecto sensacionalista que nos proporcionan las imágenes mediatizadas de carreteras y prostibulos que ofrecen un aspecto carnal y degradado, arrebatándoles su identidad. No hay degradaciones ni heroizaciones, sino una vía para sentir la piel del otro sin los valores peyorativos con que solemos observar ese mundo y a sus componentes. Las mujeres que contemplamos tienen mucho de personaje, pero quizás ese personaje este dotado de un cierto simbolismo. Es la reducción del cuerpo a imagen, que no solo se produce en la prostitución, sino en la iconografía que nos rodea y frente a la cual, algunas poses y miradas, parecen rebelarse, dar contenido e historia a esos cuerpos.
 
 La escritora feminista Virgine Despentes explica así su visión y experiencia: “Incluso aquello que había visto de masculino en mí, como mi manera de avanzar superrápida y con seguridad, se convertía una vez que me había puesto el uniforme, en atributo de hiperfeminidad. Al principio eso me gustó, convertirme en esa otra chica. Era como hacer un viaje, sin cambiar de sitio, pero entrando en otra dimensión. Inmediatamente, desde que llevaba el disfraz de la hiperfeminidad puesto: un cambio de autoafirmación, como cuando te metes una raya de coca.” Así vemos un tatuaje en una de las mujeres fotografiadas, es un corazón, pero no el clásico corazón de trazos fáciles, sino uno carnal y autentico, con sus venas, atravesado por flechas, llevando una banda donde figura la palabra destrucción. ¿Cuál es esa destrucción?
 
Quizás la de la normalidad, la de una cierta normalidad, porque el amor infiel al que hace referencia el título de la exposición, es el microclima que crea el burdel. En la película L´Apollinaire-Souvenirs de la maison close, se retrata un burdel de lujo a principios del siglo XIX. Es un mundo cerrado y algo decadente, pero a la vez embriagante, dotado de una seducción que no es solo el de la pieles, sino que va más allá, a una ternura rasgada aunque sea mercenaria. Y algo de eso es lo que muestra la exposición. En una de las fotografías nos encontramos con una mirada cándida y pensativa, situada en un punto indeterminado, una mujer sentada en el borde de una bañera y sobre su cabeza, un cuadro de ángeles. Una escena que nos lleva al origen sagrado de la prostitución del que hablase George Bataille, donde la prostituta se situaba junto a la autoridad religiosa. Luego vinieron los sucesivos desahucios que ha padecido ese mundo, la misma religión que lo condenó moralmente, el capitalismo que convirtió a las prostitutas en lumpen proletariado, la actual situación donde la ilegalidad y la marginación entrega buena parte de ella a las mafias, y un sensacionalismo amarillista que la envilece y crea confusión.
 
Esos claroscuros, esas contradicciones, tan brutales como humanas, belleza y destrucción, son las que se muestran en las fotografías de Ricardo Martínez Moreno. Porque el amor infiel al que se alude, no deja de ser un cierto tipo de amor.

26 diciembre, 2011

26 de Diciembre del 2011, 10:05 AM
Los libros de 2011
MADRID, 26 dic (EFE).- Enamoramientos, sagas familiares, críticas irónicas a la sociedad y al arte contemporáneo, violencia y narcotráfico, madres prostitutas, mundos imaginarios o la belleza y dureza nórdica forman parte de las historias de los mejores libros que ha dado el 2011.
Esto son diez de los libros más destacados publicados en 2011:
-"Libertad", de Jonathan Franzen. Considerada la gran novela norteamericana del siglo XXI, y a la que la revista "Time" dedicó su portada, es una grandísima narración, de casi mil paginas, en la que este mago de la ficción reconstruye la memoria de toda una generación, plena en contradicciones, que luchó sufrió las secuelas de la guerra del Vietnam, la invasión de Irak, y los atentados del 11 de septiembre.

-"El mapa y el territorio", de Michel Houellebecq. Novela con la que el polémico y rebelde escritor francés ganó el premio Goncourt y libro que ha obtenido las mejores críticas y ventas de este año. La narración es un látigo contra muchos de los mitos de la sociedad contemporánea, como el arte y las nuevas tecnologías e introduce un elemento muy innovador que es la creación de un personaje que es el propio escritor, Michel Houellebecq.
- "1Q84", de Haruki Murakami. Es una de las obras más ambiciosas del autor japonés y uno de los libros del año que ha llegado a España en dos volúmenes, en los que la escritura poética del autor vuelve sobre las atmósferas oníricas, tramas en la frontera de la realidad y el sueño y personajes aislados, en este caso situados en el Japón de 1984.

-"Los enamoramientos", de Javier Marías. Uno de los principales libros de este año. En esta novela, que va a ser traducida a veinte lenguas, el escritor explora el lado oscuro de ese estado "tan deseable" que suele ser el enamoramiento, pero que también puede llevar a cometer los actos más atroces.
- "El ruido de las cosas al caer", de Juan Gabriel Vásquez, galardonada con el Premio Alfaguara 2011. En esta novela el escritor colombiano, que creció en Bogotá en medio de la violencia del narcotráfico, los toques de queda y los asesinatos de políticos, reflexiona sobre el miedo y sobre la ansiedad que se siente al vivir en una sociedad vulnerable y amenazada.
- "El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia", de Patricio Pron. El escritor argentino da el salto a la escena literaria internacional con esta novela, que ha sido contratada por ocho países, entre ellos Estados Unidos, Francia, Alemania y Gran Bretaña. En el libro, el más personal, Pron se remonta a la dictadura argentina (1976-1983) para rescatar episodios dolorosos del pasado de sus padres.
- "Hammerstein o el tesón", de Hans Magnus Enzensberger. El escritor alemán, uno de los intelectuales europeos más influyentes, reflexiona en este libro, a caballo entre la novela y la biografía, sobre el nazismo, y lo hace a través de la figura del barón Kurt von Hammerstein, jefe del Alto Mando del Ejército alemán en el momento de la ascensión de Hitler al poder, encumbramiento al que se opuso en todo momento.
- "El cielo a medio hacer", de Tomas Tranströmer. El poeta vivo más importante de Suecia recibió este año el premio Nobel de la Literatura, un galardón que ha redescubierto a uno de los poetas más emocionantes e intensos de hoy. En este libro, que es una antología de su poesía, muestra la naturaleza apasionante y dura, a partes iguales, del norte de Europa y la complejidad del ser humano con sus sueños.

- "Purga", de Sofi Oksanen. Llegó a España este año cargada de expectación, puesto que fue la novela más elogiada de la Feria de Fráncfort de 2010. El libro narra las huellas que dejaron en Estonia los nazis y luego los comunistas soviéticos. Todo ello en medio de un thriller con la mafia de la explotación sexual por medio.
- "Cuentos completos", de Guy de Maupassant. La publicación, por primera vez en España, de los "Cuentos completos" del francés Guy de Maupassant, traducidos y editados por Mauro Armiño, constituye una excelente ocasión para adentrarse en el universo narrativo de quien reflejó con maestría en sus relatos la sociedad de su época, desde los estratos más humildes hasta los salones de la alta sociedad. EFE

Carmen Mendoza.

01 diciembre, 2011

POETA CHILENO NICANOR PARRA GANÓ PREMIO CERVANTES 2011....


Poeta chileno Nicanor Parra ganó Premio Cervantes 2011
EFE EFE
El autor de ´Antipoemas´ se llevó el galardón más importante de las letras hispanas que concede el Ministerio de Cultura español.
El poeta chileno Nicanor Parra ganó hoy el Premio Cervantes 2011, considerado el galardón más importante de las letras hispanas y que concede el Ministerio de Cultura español al conjunto de la obra de un autor.

El fallo de este premio, que está dotado con 125.000 euros (168.000 dólares), fue hecho público por la ministra de Cultura, Ángeles González-Sinde, en una rueda de prensa en la que explicó que la decisión del jurado se produjo por mayoría tras ocho votaciones.

Nicanor Parra (San Fabián de Alico, Chile, 1914) es poeta y académico, además de matemático y físico, y está considerado uno de los grandes "antisistema" del universo poético.

En su obra figuran títulos como "Cancionero sin nombre" (1937), "Poemas y antipoemas" (1954), "La cuesta larga" (1958), "Versos de salón" (1962), "La camisa de fuerza" (1968), "Obra gruesa" (1969), "Antipoemas" (1972), "Artefactos" (1972), "Sermones y prédicas del Cristo de Elqui" (1977), "Coplas de Navidad" (1983), "Poesía política" (1983), "Hojas de Parra" (1985), "Páginas en blanco" (2001), "Discursos de sobremesa" (2006) y "Obras completas I & algo +" (2006).

Además, ha sido reconocido con el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana (2001) y otros galardones como el Premio Municipal de Santiago (1937 y 1954), el Premio del Sindicato de Escritores de Chile (1954), el Nacional de Literatura de Chile (1969), el Internacional de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo (1991).

27 noviembre, 2011

LA CASA DE DOSTOIEVSKI....

TRIBUNA: MARIO VARGAS LLOSA


PIEDRA DE TOQUE. Aunque nació en Moscú, San Petersburgo es la ciudad que más le marcó como escritor. Y aún hoy, los barrios y casas están impregnados de sus historias y personajes, mezcla de drama y espiritualidad

MARIO VARGAS LLOSA 27/06/2010
Fíodor Dostoievski vivió en muchas casas y lugares -nunca más de tres años en una misma vivienda- y tuvo siempre la obsesión de que sus pisos estuvieran en una esquina, con ventanas a las dos calles y cerca de una iglesia de modo que pudiera oír las campanas, música que sosegaba su espíritu. La última casa en que vivió, y donde murió en 1881 meses antes de cumplir los 60 años, entre la Perspectiva Kuznechny y la antigua calle Yamskaya, ahora llamada Dostoievski, cumple con todos estos requisitos y, mientras el visitante la recorre, puede oír doblar a las campanas de la vecina iglesia ortodoxa de Vladímir, convocando a los fieles.

La zona del "barrio de los mercados" está ahora llena de chechenos y otros forasteros pobres

Esta zona de San Petersburgo, conocida como el "barrio de los mercados", está ahora llena de chechenos y otros forasteros pobres y, por esa razón, se la considera riesgosa para los turistas. Cuando yo visité esta casa por primera vez, hace 40 años, el lugar era más bien triste y solitario, muy distinto de lo que es ahora, bullicioso, popular, promiscuo, muy vital. No existía aún el Museo donde se han reconstruido los seis cuartos a los que Fíodor Dostoievski y Anna Grigorievna, con sus hijos Liubov y Fíodor, se mudaron en octubre de 1878 huyendo del apartamento donde había muerto el pequeño Alexei, una de las tragedias que más hizo sufrir al atormentado autor de Los demonios.
Es una casa modesta, aunque menos ascética que las anteriores, e incluso hasta con algunos lujos, como el juego de tazas de té de porcelana que luce una de las alacenas y el confortable inglés del escritorio donde Dostoievski podía echarse a descansar un rato en medio de las interminables y afiebradas sesiones nocturnas en que escribía, en estado de trance casi siempre, Los hermanos Karamazov, una de sus obras maestras. Alcanzó a verla publicada exactamente un mes antes de morir. Estaba ya muy enfermo. La casa se halla en el segundo piso y, cada vez que subía, el ilustre inquilino tenía que pararse un rato, en el descanso de la escalera, para recuperar el aliento. El médico le había prohibido fumar, pero él sólo respetaba la prohibición durante el día; en la noche fumaba sin descanso mientras escribía y ahí está todavía, sobre su mesa de trabajo, la cajita de cigarrillos que liaba con sus manos nerviosas mientras iba releyendo las cuartillas recién escritas.

A fines de enero de 1881 tuvo la primera hemorragia de garganta. Pidió a su mujer que le leyera uno de sus pasajes preferidos en el ejemplar de la Biblia que llevaba siempre consigo desde que se lo regalaron las mujeres de los "decembristas", 31 años atrás, en la estación de Tobolsk, cuando pasó por allí, como convicto, rumbo a su exilio de cuatro años en Siberia. Anna era su segunda esposa, 25 años menor que él. Llevaban 11 años de casados y ella, con su energía, devoción y talento, había puesto algo de orden en la vida siempre atolondrada y al borde de la catástrofe de Fíodor. Gracias a esa mujer joven y luchadora, sus finanzas andaban mejor, ella ganaba algo de dinero distribuyendo libros y él ya no tenía que inmolarse escribiendo como un forzado. Se había quitado el vicio del juego que le causó tantos infortunios. Poco después de ese primer desfallecimiento, le sobrevinieron otras dos hemorragias. La segunda puso fin a su vida. Su propia viuda o alguna visita atinó a detener el reloj del escritorio en el mismo instante de su muerte: las 8.38 de la noche. Ahí está todavía ese reloj, 130 años después, marcando la hora siniestra.
Lo enterraron en el cementerio Tikhvinskoe, del monasterio de Alexander Nevsky, en las afueras de San Petersburgo. Es un hermoso lugar, y la tumba de Dostoievski, rodeada de árboles y de flores, con una hermosa estatua que refleja fielmente sus rasgos adustos y su mirada profunda y afiebrada, colinda con las de otros exponentes del genio creativo ruso: Rimski Kórsakov, Alexander Borodin, Modest Mussorgski, Ilich Tchaikovski, Glimka. La mañana que pasé a ver la tumba llovía y algunos visitantes reverentes depositaban en ella manojos de flores. Yo le llevé media docena de rosas rojas.

Aunque Dostoievski no nació en San Petersburgo, sino en Moscú, esta ciudad es la que más lo marcó. Aquí se formó como escritor y en ella se hizo conocido, luego famoso, y fue aquí donde, luego de los 10 años del silencio literario que padeció por haber pertenecido al círculo revolucionario de los "decembristas", debió reinventarse como escritor. En San Petersburgo fue donde más tiempo vivió. De otro lado, no hay ciudad que parezca más impregnada de sus historias, personajes y la mezcla de truculencia, drama, espiritualidad, desgarro intelectual y misterio de su obra que ésta, sobre todo cuando uno camina por las destartaladas callecitas del barrio de Sennaya, a orillas del Canal de Griboedova, donde ocurren los principales episodios de Crimen y castigo, novela que Dostoievski terminó de escribir no muy lejos de aquí, en una casa de la calle Kaznacheiskaya de este barrio, que también puede visitarse.

Es la más "realista" de sus historias, al menos en el sentido de que los lugares que ella describe están casi todos identificados y algunos de ellos con placas que lo recuerdan. La casa donde Raskólnikov asesina a la anciana Alíona Ivánovna, en el número 104 del Canal de Griboedova, se conserva tal cual la narró, con sus baldosas desiguales, sus paredes descoloridas y sus rejas herrumbrosas, así como sus gentes melancólicas y derrotadas. Hasta la mañana grisácea, lluviosa e impregnada de premoniciones sombrías, parece dostoievskiana. Pero todavía más impresionantes son los lugares asociados a la vida de Raskólnikov, que parecen recién salidos de las páginas de la novela, como la sofocante taberna donde éste confiesa su crimen a Zamíotov o la casa donde el asesino vivió. Hace esquina también y un busto de un Dostoievski calvo y giboso adorna su fachada. El mal tiempo ha borrado la pintura y todo el edificio -en verdad, todo el barrio pobretón y sórdido- parece a punto de descalabrarse. El largo vestíbulo de piedras tiene un techo combado donde el eco repite los ruidos y el patiecillo interior, en torno al cual se aglomeran los apartamentos, es estrecho y tan desangelado como la empinada escalerilla que conduce a las habitaciones. Harta de los visitantes, una vecina que arrastra pesadamente su gordura y su odio a la vida, nos echa de imprecaciones. Un gato maúlla en alguna parte. Es imposible no tener la sensación de que algún asesino devorado por inquietudes metafísicas anda suelto por los alrededores.

La casa museo de Dostoievski insiste en que, contrariamente a la leyenda, el autor de El doble estaba lejos de ser una persona sombría y amargada. Le gustaba jugar con los niños y les inventaba y les leía historias. Y les mostraba su colección de fotografías de escritores y artistas famosos, que, ahora, se exhiben en el cuarto donde Anna almacenaba los libros que vendía. La mayoría de las fotos son de escritores rusos. Entre los europeos, figuran un Quijote eslavizado, unos libros de Charles Fourier y de Hoffman y unas efigies de Victor Hugo joven y de George Sand, escritora que, por un sorprendente malentendido, llegó a ser inmensamente popular entre los jóvenes liberales rusos de la generación de Dostoievski, no tanto como escritora de novelas, sino como ideóloga progresista y luchadora social. Aquí se pueden ver, por fragmentos de la correspondencia, las opiniones que merecieron al dueño de casa algunas ciudades de la Europa occidental durante los viajes que hizo por ellas. La más inesperada: que París era una ciudad aburridísima donde no había nada que hacer.

Después de esta peregrinación dostoievskiana es poco menos que obligatorio que termine el día en el Teatro Mariinsky, viendo una ópera adaptada de El jugador, con libreto y música de Sergei Prokofiev. Aunque la historia y los personajes son los mismos, lo que ocurre en el escenario tiene poco que ver con la novela de Dostoievski, por lo menos lo que de ella recuerdo, pues abundan las situaciones farsescas, los enredos y las caricaturas y el drama se disuelve entre sonrisas. Pero la música es espléndida, las voces magníficas, la orquesta de primera y el vertiginoso barroquismo del local calza como un guante con el espectáculo. Lo único dostoievskiano de la noche es el conductor de la orquesta, Valeri Gergiev, con sus ojos enloquecidos y su gesticulación que pasa de lo templado a lo convulso, de la delicadeza a la brutalidad, del sobresalto al éxtasis, sin transición, dando protagonismo a todos los instrumentos y manteniendo a espectadores, músicos, cantantes (y hasta acomodadores) en un estado de pasmo e inseguridad frenética. La última vez que vi a Gergiev, en Salzburgo, llevaba unos pelos largos y una barba de varios días; ahora, tiene los ralos cabellos bien cortados y se rasura, pero sigue siendo, a la hora de dirigir la orquesta, un poseído, que va siempre más allá de la partitura, un ser ctónico, conectado con las profundidades inquietantes del abismo humano, capaz de convertir un concierto o una ópera en una ceremonia genial y aterradora. Alguien que lo conoce me aseguró que el resto del día es un ser normalísimo, que le gusta empujarse, en los dos restaurantes que posee en San Petersburgo, unos salmones blancos de chuparse los dedos.



13 noviembre, 2011

EL FUCU....



La especie humana desde los tiempos bìblicos ha tenido miedo, terror si se quiere, a los males imprevistos...Descalabros econòmicos...enfermedades...muertes, tanto la de personas queridas como la propia...tragedias...disputas...en fin a toda esa gama de cosas desagradables y odiosas que màs vale ni recordar.Como esas cosas son muchas veces invevitables el hombre ha buscado un chivo expiatorio a quien achacàrselas echando mano del tan mentado fucù, como causante de ese mal que tememos, les dirè que la inmensa mayorìa de las personas, incluso personas cultas, y hasta sabios tienen su Fucù a quien temen como el diablo a la cruz.

A nuestro entender el "fucuismo" tiene muchas facetas. Si una cosa se rompe sobre todo un cristal o un espejo....El derramar sal sobre la mesa o en el piso...el poner los brazos en cruz en los dinteles de las puertas....el enumerar los muertos...el no dar tres golpecitos sobre una madera cuando se dice algo bueno...prender el cigarrillo al revès...ponerse la camisa o camiseta, sin querer, al revès tambièn...pasar por debajo de una escalera, y hasta los nùmeros llevan su parte, el 13 el punto de referencia, los hoteles y los edificios altos eliminan ese nùmero, del 12 pasan al 14...por aquì en nuestro paìs, se le tiene fucù el mencionar a Cristobal Colòn (uppp), en fin la gama es inalcanzable.

A esa faceta del fucuismo la llamarìamos fetichista, o simplemente supersticiosa que està extendìdìsima en todo el globo...La otra faceta es la màs temible y odiosa es el fucù que el contacto con ciertas personas acarrea, ya sea directa o por correspondencia.

La persona fucù es una persona con Jetattura, con poder de hacer el mal, perjudicar a otros sin ella, la infeliz proponèrselo. Es que la mala suerte le brota espontàneamente y envuelve con su tufo a otros infelices que estàn muy quitados de bulla.

Donde està el fucù la cosa fracasa....Antìdotos contra el fucuserismo no los hay, ni los habrà por desgracia; ni como cuidarse de ello. Algunas gentes del pueblo usan resguardos y suponemos que algunos de Uds. tambièn, esperamos no encontrarnos con uno de esos turpenes de la fatalidad....