21 enero, 2012

UNA MIRADA AL AMOR INFIEL....

Pedro Antonio Curto (Desde España. Especial para ARGENPRE CULTURAL)
Cuando Pablo Picasso pintó Las Señoritas de Aviñón estaba sentando las bases del cubismo y lo hacía con los cuerpos troceados de un quinteto de mujeres que representaban un prostibulo. Su amigo Apollinaire le recomendó que lo llamase El Burdel Filosófico, finalmente tomó el nombre de Aviñón, una calle de Barcelona donde estaban varios burdeles. El cuadro estuvo nueve años sin salir a la luz pública, por la incomprensión de sus propuestas pictóricas y ocultando también lo que esas mujeres representaban, cuestión que continuó semioculta cuando el cuadro se hizo famoso. No es la única incursión que el pintor realizó en el mundo de la prostitución y lo hacía como el proclamó, veía a las mujeres, no como eran, sino como estaban en su cabeza.
La mirada del fotógrafo Ricardo Martínez Moreno no es muy picasiana, pero si tiene algo de creación particular, de mirada que nos lleva a empatizar, a sentirnos próximos, con parte de lo retratado, a pesar de que puedan ser mundos ajenos y lejanos, como los que muestran la exposición Huellas de un amor infiel, donde podemos contemplar fotografías de mujeres de clubes de alterne.
El cuerpo puede representar incorporación y pérdida de identidad, con un extravío que consiste en borrarse del discurso dominante y destinar un particular modelo femenino a las sombras. La mujer, como modelo histórico marginal, pone énfasis en un cuerpo-margen, en una resistencia refractaria al canon cultural masculino. Y esto se puede ver en las fotografía Huellas de un amor infiel. En un blanco y negro donde predomina la oscuridad, ellas, sus cuerpos, representan la luz. Están posando ante la cámara que las mira, ante el ojo que las observa, al igual que lo hacen en sus lugares de trabajo para atraer a los clientes. Pero quizás exista una libertad en esas poses, en particular cuando aparecen en grupo, acercándose a lo pictórico. Son poses y miradas, que buscan la creación del deseo, amoldarse al imaginario y la fantasía masculina, pero solo es una parte. Hasta mediados del siglo XX el ideal femenino se construía a partir del deseo masculino y debía resultar atractivo según los cánones establecidos socialmente.
 
Aunque esto siga vigente, las manifestaciones culturales y sociales que se han levantado contra esa norma, crean una dualidad que se percibe en las fotografías. Es esa creación donde se construyen a ellas mismas, se ofrecen al otro desde un dominio en el que controlan el discurso oculto a través de la transgresión. El gesto transgresor del discurso consiste en poner en circulación un cuerpo femenino por cuya carne transita lo no convencional. Ahí están las miradas o las no miradas, lo que ocultan unos párpados cerrados, el desafío, la luminosidad de la piel en unos sitios en su mayoría cerrados. Pues el cuerpo ha sido un espacio donde se construyen y se combaten las nociones del orden social. Lo que muestran las fotografías de Ricardo Martínez Moreno, no es erotismo o sensualidad al uso, huye de lo escabroso, a través del tamiz que permite el arte, con una cuidada visión escenográfica, poseen ante todo una carga emocional.
 
 Las mujeres aparecen en la intimidad, eliminando el aspecto sensacionalista que nos proporcionan las imágenes mediatizadas de carreteras y prostibulos que ofrecen un aspecto carnal y degradado, arrebatándoles su identidad. No hay degradaciones ni heroizaciones, sino una vía para sentir la piel del otro sin los valores peyorativos con que solemos observar ese mundo y a sus componentes. Las mujeres que contemplamos tienen mucho de personaje, pero quizás ese personaje este dotado de un cierto simbolismo. Es la reducción del cuerpo a imagen, que no solo se produce en la prostitución, sino en la iconografía que nos rodea y frente a la cual, algunas poses y miradas, parecen rebelarse, dar contenido e historia a esos cuerpos.
 
 La escritora feminista Virgine Despentes explica así su visión y experiencia: “Incluso aquello que había visto de masculino en mí, como mi manera de avanzar superrápida y con seguridad, se convertía una vez que me había puesto el uniforme, en atributo de hiperfeminidad. Al principio eso me gustó, convertirme en esa otra chica. Era como hacer un viaje, sin cambiar de sitio, pero entrando en otra dimensión. Inmediatamente, desde que llevaba el disfraz de la hiperfeminidad puesto: un cambio de autoafirmación, como cuando te metes una raya de coca.” Así vemos un tatuaje en una de las mujeres fotografiadas, es un corazón, pero no el clásico corazón de trazos fáciles, sino uno carnal y autentico, con sus venas, atravesado por flechas, llevando una banda donde figura la palabra destrucción. ¿Cuál es esa destrucción?
 
Quizás la de la normalidad, la de una cierta normalidad, porque el amor infiel al que hace referencia el título de la exposición, es el microclima que crea el burdel. En la película L´Apollinaire-Souvenirs de la maison close, se retrata un burdel de lujo a principios del siglo XIX. Es un mundo cerrado y algo decadente, pero a la vez embriagante, dotado de una seducción que no es solo el de la pieles, sino que va más allá, a una ternura rasgada aunque sea mercenaria. Y algo de eso es lo que muestra la exposición. En una de las fotografías nos encontramos con una mirada cándida y pensativa, situada en un punto indeterminado, una mujer sentada en el borde de una bañera y sobre su cabeza, un cuadro de ángeles. Una escena que nos lleva al origen sagrado de la prostitución del que hablase George Bataille, donde la prostituta se situaba junto a la autoridad religiosa. Luego vinieron los sucesivos desahucios que ha padecido ese mundo, la misma religión que lo condenó moralmente, el capitalismo que convirtió a las prostitutas en lumpen proletariado, la actual situación donde la ilegalidad y la marginación entrega buena parte de ella a las mafias, y un sensacionalismo amarillista que la envilece y crea confusión.
 
Esos claroscuros, esas contradicciones, tan brutales como humanas, belleza y destrucción, son las que se muestran en las fotografías de Ricardo Martínez Moreno. Porque el amor infiel al que se alude, no deja de ser un cierto tipo de amor.

26 diciembre, 2011

26 de Diciembre del 2011, 10:05 AM
Los libros de 2011
MADRID, 26 dic (EFE).- Enamoramientos, sagas familiares, críticas irónicas a la sociedad y al arte contemporáneo, violencia y narcotráfico, madres prostitutas, mundos imaginarios o la belleza y dureza nórdica forman parte de las historias de los mejores libros que ha dado el 2011.
Esto son diez de los libros más destacados publicados en 2011:
-"Libertad", de Jonathan Franzen. Considerada la gran novela norteamericana del siglo XXI, y a la que la revista "Time" dedicó su portada, es una grandísima narración, de casi mil paginas, en la que este mago de la ficción reconstruye la memoria de toda una generación, plena en contradicciones, que luchó sufrió las secuelas de la guerra del Vietnam, la invasión de Irak, y los atentados del 11 de septiembre.

-"El mapa y el territorio", de Michel Houellebecq. Novela con la que el polémico y rebelde escritor francés ganó el premio Goncourt y libro que ha obtenido las mejores críticas y ventas de este año. La narración es un látigo contra muchos de los mitos de la sociedad contemporánea, como el arte y las nuevas tecnologías e introduce un elemento muy innovador que es la creación de un personaje que es el propio escritor, Michel Houellebecq.
- "1Q84", de Haruki Murakami. Es una de las obras más ambiciosas del autor japonés y uno de los libros del año que ha llegado a España en dos volúmenes, en los que la escritura poética del autor vuelve sobre las atmósferas oníricas, tramas en la frontera de la realidad y el sueño y personajes aislados, en este caso situados en el Japón de 1984.

-"Los enamoramientos", de Javier Marías. Uno de los principales libros de este año. En esta novela, que va a ser traducida a veinte lenguas, el escritor explora el lado oscuro de ese estado "tan deseable" que suele ser el enamoramiento, pero que también puede llevar a cometer los actos más atroces.
- "El ruido de las cosas al caer", de Juan Gabriel Vásquez, galardonada con el Premio Alfaguara 2011. En esta novela el escritor colombiano, que creció en Bogotá en medio de la violencia del narcotráfico, los toques de queda y los asesinatos de políticos, reflexiona sobre el miedo y sobre la ansiedad que se siente al vivir en una sociedad vulnerable y amenazada.
- "El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia", de Patricio Pron. El escritor argentino da el salto a la escena literaria internacional con esta novela, que ha sido contratada por ocho países, entre ellos Estados Unidos, Francia, Alemania y Gran Bretaña. En el libro, el más personal, Pron se remonta a la dictadura argentina (1976-1983) para rescatar episodios dolorosos del pasado de sus padres.
- "Hammerstein o el tesón", de Hans Magnus Enzensberger. El escritor alemán, uno de los intelectuales europeos más influyentes, reflexiona en este libro, a caballo entre la novela y la biografía, sobre el nazismo, y lo hace a través de la figura del barón Kurt von Hammerstein, jefe del Alto Mando del Ejército alemán en el momento de la ascensión de Hitler al poder, encumbramiento al que se opuso en todo momento.
- "El cielo a medio hacer", de Tomas Tranströmer. El poeta vivo más importante de Suecia recibió este año el premio Nobel de la Literatura, un galardón que ha redescubierto a uno de los poetas más emocionantes e intensos de hoy. En este libro, que es una antología de su poesía, muestra la naturaleza apasionante y dura, a partes iguales, del norte de Europa y la complejidad del ser humano con sus sueños.

- "Purga", de Sofi Oksanen. Llegó a España este año cargada de expectación, puesto que fue la novela más elogiada de la Feria de Fráncfort de 2010. El libro narra las huellas que dejaron en Estonia los nazis y luego los comunistas soviéticos. Todo ello en medio de un thriller con la mafia de la explotación sexual por medio.
- "Cuentos completos", de Guy de Maupassant. La publicación, por primera vez en España, de los "Cuentos completos" del francés Guy de Maupassant, traducidos y editados por Mauro Armiño, constituye una excelente ocasión para adentrarse en el universo narrativo de quien reflejó con maestría en sus relatos la sociedad de su época, desde los estratos más humildes hasta los salones de la alta sociedad. EFE

Carmen Mendoza.

01 diciembre, 2011

POETA CHILENO NICANOR PARRA GANÓ PREMIO CERVANTES 2011....


Poeta chileno Nicanor Parra ganó Premio Cervantes 2011
EFE EFE
El autor de ´Antipoemas´ se llevó el galardón más importante de las letras hispanas que concede el Ministerio de Cultura español.
El poeta chileno Nicanor Parra ganó hoy el Premio Cervantes 2011, considerado el galardón más importante de las letras hispanas y que concede el Ministerio de Cultura español al conjunto de la obra de un autor.

El fallo de este premio, que está dotado con 125.000 euros (168.000 dólares), fue hecho público por la ministra de Cultura, Ángeles González-Sinde, en una rueda de prensa en la que explicó que la decisión del jurado se produjo por mayoría tras ocho votaciones.

Nicanor Parra (San Fabián de Alico, Chile, 1914) es poeta y académico, además de matemático y físico, y está considerado uno de los grandes "antisistema" del universo poético.

En su obra figuran títulos como "Cancionero sin nombre" (1937), "Poemas y antipoemas" (1954), "La cuesta larga" (1958), "Versos de salón" (1962), "La camisa de fuerza" (1968), "Obra gruesa" (1969), "Antipoemas" (1972), "Artefactos" (1972), "Sermones y prédicas del Cristo de Elqui" (1977), "Coplas de Navidad" (1983), "Poesía política" (1983), "Hojas de Parra" (1985), "Páginas en blanco" (2001), "Discursos de sobremesa" (2006) y "Obras completas I & algo +" (2006).

Además, ha sido reconocido con el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana (2001) y otros galardones como el Premio Municipal de Santiago (1937 y 1954), el Premio del Sindicato de Escritores de Chile (1954), el Nacional de Literatura de Chile (1969), el Internacional de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo (1991).

27 noviembre, 2011

LA CASA DE DOSTOIEVSKI....

TRIBUNA: MARIO VARGAS LLOSA


PIEDRA DE TOQUE. Aunque nació en Moscú, San Petersburgo es la ciudad que más le marcó como escritor. Y aún hoy, los barrios y casas están impregnados de sus historias y personajes, mezcla de drama y espiritualidad

MARIO VARGAS LLOSA 27/06/2010
Fíodor Dostoievski vivió en muchas casas y lugares -nunca más de tres años en una misma vivienda- y tuvo siempre la obsesión de que sus pisos estuvieran en una esquina, con ventanas a las dos calles y cerca de una iglesia de modo que pudiera oír las campanas, música que sosegaba su espíritu. La última casa en que vivió, y donde murió en 1881 meses antes de cumplir los 60 años, entre la Perspectiva Kuznechny y la antigua calle Yamskaya, ahora llamada Dostoievski, cumple con todos estos requisitos y, mientras el visitante la recorre, puede oír doblar a las campanas de la vecina iglesia ortodoxa de Vladímir, convocando a los fieles.

La zona del "barrio de los mercados" está ahora llena de chechenos y otros forasteros pobres

Esta zona de San Petersburgo, conocida como el "barrio de los mercados", está ahora llena de chechenos y otros forasteros pobres y, por esa razón, se la considera riesgosa para los turistas. Cuando yo visité esta casa por primera vez, hace 40 años, el lugar era más bien triste y solitario, muy distinto de lo que es ahora, bullicioso, popular, promiscuo, muy vital. No existía aún el Museo donde se han reconstruido los seis cuartos a los que Fíodor Dostoievski y Anna Grigorievna, con sus hijos Liubov y Fíodor, se mudaron en octubre de 1878 huyendo del apartamento donde había muerto el pequeño Alexei, una de las tragedias que más hizo sufrir al atormentado autor de Los demonios.
Es una casa modesta, aunque menos ascética que las anteriores, e incluso hasta con algunos lujos, como el juego de tazas de té de porcelana que luce una de las alacenas y el confortable inglés del escritorio donde Dostoievski podía echarse a descansar un rato en medio de las interminables y afiebradas sesiones nocturnas en que escribía, en estado de trance casi siempre, Los hermanos Karamazov, una de sus obras maestras. Alcanzó a verla publicada exactamente un mes antes de morir. Estaba ya muy enfermo. La casa se halla en el segundo piso y, cada vez que subía, el ilustre inquilino tenía que pararse un rato, en el descanso de la escalera, para recuperar el aliento. El médico le había prohibido fumar, pero él sólo respetaba la prohibición durante el día; en la noche fumaba sin descanso mientras escribía y ahí está todavía, sobre su mesa de trabajo, la cajita de cigarrillos que liaba con sus manos nerviosas mientras iba releyendo las cuartillas recién escritas.

A fines de enero de 1881 tuvo la primera hemorragia de garganta. Pidió a su mujer que le leyera uno de sus pasajes preferidos en el ejemplar de la Biblia que llevaba siempre consigo desde que se lo regalaron las mujeres de los "decembristas", 31 años atrás, en la estación de Tobolsk, cuando pasó por allí, como convicto, rumbo a su exilio de cuatro años en Siberia. Anna era su segunda esposa, 25 años menor que él. Llevaban 11 años de casados y ella, con su energía, devoción y talento, había puesto algo de orden en la vida siempre atolondrada y al borde de la catástrofe de Fíodor. Gracias a esa mujer joven y luchadora, sus finanzas andaban mejor, ella ganaba algo de dinero distribuyendo libros y él ya no tenía que inmolarse escribiendo como un forzado. Se había quitado el vicio del juego que le causó tantos infortunios. Poco después de ese primer desfallecimiento, le sobrevinieron otras dos hemorragias. La segunda puso fin a su vida. Su propia viuda o alguna visita atinó a detener el reloj del escritorio en el mismo instante de su muerte: las 8.38 de la noche. Ahí está todavía ese reloj, 130 años después, marcando la hora siniestra.
Lo enterraron en el cementerio Tikhvinskoe, del monasterio de Alexander Nevsky, en las afueras de San Petersburgo. Es un hermoso lugar, y la tumba de Dostoievski, rodeada de árboles y de flores, con una hermosa estatua que refleja fielmente sus rasgos adustos y su mirada profunda y afiebrada, colinda con las de otros exponentes del genio creativo ruso: Rimski Kórsakov, Alexander Borodin, Modest Mussorgski, Ilich Tchaikovski, Glimka. La mañana que pasé a ver la tumba llovía y algunos visitantes reverentes depositaban en ella manojos de flores. Yo le llevé media docena de rosas rojas.

Aunque Dostoievski no nació en San Petersburgo, sino en Moscú, esta ciudad es la que más lo marcó. Aquí se formó como escritor y en ella se hizo conocido, luego famoso, y fue aquí donde, luego de los 10 años del silencio literario que padeció por haber pertenecido al círculo revolucionario de los "decembristas", debió reinventarse como escritor. En San Petersburgo fue donde más tiempo vivió. De otro lado, no hay ciudad que parezca más impregnada de sus historias, personajes y la mezcla de truculencia, drama, espiritualidad, desgarro intelectual y misterio de su obra que ésta, sobre todo cuando uno camina por las destartaladas callecitas del barrio de Sennaya, a orillas del Canal de Griboedova, donde ocurren los principales episodios de Crimen y castigo, novela que Dostoievski terminó de escribir no muy lejos de aquí, en una casa de la calle Kaznacheiskaya de este barrio, que también puede visitarse.

Es la más "realista" de sus historias, al menos en el sentido de que los lugares que ella describe están casi todos identificados y algunos de ellos con placas que lo recuerdan. La casa donde Raskólnikov asesina a la anciana Alíona Ivánovna, en el número 104 del Canal de Griboedova, se conserva tal cual la narró, con sus baldosas desiguales, sus paredes descoloridas y sus rejas herrumbrosas, así como sus gentes melancólicas y derrotadas. Hasta la mañana grisácea, lluviosa e impregnada de premoniciones sombrías, parece dostoievskiana. Pero todavía más impresionantes son los lugares asociados a la vida de Raskólnikov, que parecen recién salidos de las páginas de la novela, como la sofocante taberna donde éste confiesa su crimen a Zamíotov o la casa donde el asesino vivió. Hace esquina también y un busto de un Dostoievski calvo y giboso adorna su fachada. El mal tiempo ha borrado la pintura y todo el edificio -en verdad, todo el barrio pobretón y sórdido- parece a punto de descalabrarse. El largo vestíbulo de piedras tiene un techo combado donde el eco repite los ruidos y el patiecillo interior, en torno al cual se aglomeran los apartamentos, es estrecho y tan desangelado como la empinada escalerilla que conduce a las habitaciones. Harta de los visitantes, una vecina que arrastra pesadamente su gordura y su odio a la vida, nos echa de imprecaciones. Un gato maúlla en alguna parte. Es imposible no tener la sensación de que algún asesino devorado por inquietudes metafísicas anda suelto por los alrededores.

La casa museo de Dostoievski insiste en que, contrariamente a la leyenda, el autor de El doble estaba lejos de ser una persona sombría y amargada. Le gustaba jugar con los niños y les inventaba y les leía historias. Y les mostraba su colección de fotografías de escritores y artistas famosos, que, ahora, se exhiben en el cuarto donde Anna almacenaba los libros que vendía. La mayoría de las fotos son de escritores rusos. Entre los europeos, figuran un Quijote eslavizado, unos libros de Charles Fourier y de Hoffman y unas efigies de Victor Hugo joven y de George Sand, escritora que, por un sorprendente malentendido, llegó a ser inmensamente popular entre los jóvenes liberales rusos de la generación de Dostoievski, no tanto como escritora de novelas, sino como ideóloga progresista y luchadora social. Aquí se pueden ver, por fragmentos de la correspondencia, las opiniones que merecieron al dueño de casa algunas ciudades de la Europa occidental durante los viajes que hizo por ellas. La más inesperada: que París era una ciudad aburridísima donde no había nada que hacer.

Después de esta peregrinación dostoievskiana es poco menos que obligatorio que termine el día en el Teatro Mariinsky, viendo una ópera adaptada de El jugador, con libreto y música de Sergei Prokofiev. Aunque la historia y los personajes son los mismos, lo que ocurre en el escenario tiene poco que ver con la novela de Dostoievski, por lo menos lo que de ella recuerdo, pues abundan las situaciones farsescas, los enredos y las caricaturas y el drama se disuelve entre sonrisas. Pero la música es espléndida, las voces magníficas, la orquesta de primera y el vertiginoso barroquismo del local calza como un guante con el espectáculo. Lo único dostoievskiano de la noche es el conductor de la orquesta, Valeri Gergiev, con sus ojos enloquecidos y su gesticulación que pasa de lo templado a lo convulso, de la delicadeza a la brutalidad, del sobresalto al éxtasis, sin transición, dando protagonismo a todos los instrumentos y manteniendo a espectadores, músicos, cantantes (y hasta acomodadores) en un estado de pasmo e inseguridad frenética. La última vez que vi a Gergiev, en Salzburgo, llevaba unos pelos largos y una barba de varios días; ahora, tiene los ralos cabellos bien cortados y se rasura, pero sigue siendo, a la hora de dirigir la orquesta, un poseído, que va siempre más allá de la partitura, un ser ctónico, conectado con las profundidades inquietantes del abismo humano, capaz de convertir un concierto o una ópera en una ceremonia genial y aterradora. Alguien que lo conoce me aseguró que el resto del día es un ser normalísimo, que le gusta empujarse, en los dos restaurantes que posee en San Petersburgo, unos salmones blancos de chuparse los dedos.



13 noviembre, 2011

EL FUCU....



La especie humana desde los tiempos bìblicos ha tenido miedo, terror si se quiere, a los males imprevistos...Descalabros econòmicos...enfermedades...muertes, tanto la de personas queridas como la propia...tragedias...disputas...en fin a toda esa gama de cosas desagradables y odiosas que màs vale ni recordar.Como esas cosas son muchas veces invevitables el hombre ha buscado un chivo expiatorio a quien achacàrselas echando mano del tan mentado fucù, como causante de ese mal que tememos, les dirè que la inmensa mayorìa de las personas, incluso personas cultas, y hasta sabios tienen su Fucù a quien temen como el diablo a la cruz.
A nuestro entender el "fucuismo" tiene muchas facetas. Si una cosa se rompe sobre todo un cristal o un espejo....El derramar sal sobre la mesa o en el piso...el poner los brazos en cruz en los dinteles de las puertas....el enumerar los muertos...el no dar tres golpecitos sobre una madera cuando se dice algo bueno...prender el cigarrillo al revès...ponerse la camisa o camiseta, sin querer, al revès tambièn...pasar por debajo de una escalera, y hasta los nùmeros llevan su parte, el 13 el punto de referencia, los hoteles y los edificios altos eliminan ese nùmero, del 12 pasan al 14...por aquì en nuestro paìs, se le tiene fucù el mencionar a Cristobal Colòn (uppp), en fin la gama es inalcansable.
A esa faceta del fucuismo la llamarìamos fetichista, o simplemente supersticiosa que està extendìdìsima en todo el globo...La otra faceta es la màs temible y odiosa es el fucù que el contacto con ciertas personas acarrea, ya sea directa o por correspondencia.
La persona fucù es una persona con Jetattura, con poder de hacer el mal, perjudicar a otros sin ella, la infeliz proponèrselo. Es que la mala suerte le brota espontàneamente y envuelve con su tufo a otros infelices que estàn muy quitados de bulla.
Donde està el fucù la cosa fracasa....Antìdotos contra el fucuserismo no los hay, ni los habrà por desgracia; ni como cuidarse de ello. Algunas gentes del pueblo usan resguardos y suponemos que algunos de Uds. tambièn, esperamos no encontrarnos con uno de esos turpenes de la fatalidad....

08 septiembre, 2011

EL CONFLICTO ENTRE CIENCIA Y RELIGION...

EL CONFLICTO ENTRE CIENCIA Y RELIGION....

En su libro "God and the New Physics" , un tema que ha sido ampliamente debatido su evolución se puede resumir en tres fechas.

Allí sostenía que la ciencia proporciona en la actualidad un camino más seguro que las religiones tradicionales para llegar a Dios. Claro está que  al que llegaba poco tenía en común con el Dios personal creador del cristianismo; se trataba más bien de una idea que presentaba coincidencias con el panteísmo. Davies aludía al panteísmo como si fuera una idea generalizada entre los científicos; sería . Y sugería que, si el universo fuese el resultado de unas leyes necesarias, podríamos prescindir de la idea de un Dios creador.
En 1989, Davies editó una obra colectiva en la que se trataban los principales temas de vanguardia de la física en la actualidad. En la Introducción al libro, subrayaba que uno de los logros principales de la física en nuestra época se refiere a los fenómenos de auto-organización, en los cuales muchas partículas cooperan en la formación de nuevas pautas. En sus propias palabras: «Los sistemas complejos dejan de ser meramente complicados cuando despliegan un comportamiento coherente que implica la organización colectiva de un amplio número de grados de libertad. Es uno de los milagros universales de la naturaleza que enormes reuniones de partículas, que sólo están sometidas a las fuerzas ciegas de la naturaleza, sin embargo son capaces de organizarse a sí mismas en configuraciones (patterns) de actividad cooperativa». La referencia a que se realizan en virtud de muestra el asombro de Davies ante la naturaleza tal como nos la da a conocer la ciencia actual.

En 1992 algo más había cambiado, tal como se reflejaba en un artículo publicado en una revista divulgativa. Davies afirmaba que el cristianismo tuvo una influencia positiva en el nacimiento de la ciencia moderna, porque los pioneros de la ciencia eran cristianos y, como tales, pensaban que la naturaleza es racional como obra de Dios y que, por tanto, se puede investigar científicamente. Y añadía que, según el principio antrópico, las condiciones físicas que hacen posible nuestra existenciia se encuentran tan enormemente ajustadas que es difícil pensar que nuestra existencia sea un simple resultado del azar o de fuerzas ciegas.
Sobre todo, Davies publicó en 1992 un nuevo libro titulado "The Mind of God" que merece un comentario aparte.

La mente de Dios
Este libro no es un modelo de ortodoxia religiosa. Puede pensarse incluso que, si cae en las manos de alguien que no tenga buenos conocimientos científicos y religiosos, más bien le puede complicar bastante la vida. Pero eso mismo lo hace especialmente significativo. En efecto, muestra cómo un científico actual, que no pertenece a ninguna religión y que hasta hace pocos años encontraba muchas dificultades en la idea de un Dios personal, va avanzando hacia Dios gracias a sus reflexiones sobre la ciencia.

Davies afirma que no pertenece a ninguna religión institucional y que nunca ha tenido una experiencia mística. Pero también afirma que la ciencia no puede responder a los interrogantes últimos, y añade que ese tipo de respuestas sólo pueden provenir de experiencias místicas que trascienden el ámbito de la especulación científica. Además, defiende la existencia de algún plan superior capaz de explicar la vida humana: según Davies, nuestra existencia no puede ser casual ni el simple resultado de fuerzas ciegas.

Todo esto quizá pueda parecer trivial, sobre todo a un creyente, pero no lo es cuando se presenta como el resultado de un extenso análisis llevado a cabo por una persona que, como Davies, no encuentra fácil afirmar la existencia de un Dios personal creador. Davies es un científico que intenta llevar la ciencia hasta sus límites, analizando en concreto las variadísimas respuestas que se proponen en la actualidad acerca de las cuestiones últimas, y tomando parte en un verdadero combate intelectual en el que se discuten detalladamente los argumentos en favor y en contra de las distintas soluciones.

Al igual que en otros libros anteriores, los razonamientos de Davies pueden llevar al psiquiatra a quien no posea una estructura mental sólida, ya que incluyen las interpretaciones más insólitas. Se trata de reflexiones en voz alta en las que Davies manifiesta sus perplejidades, que no son pocas ni pequeñas. Su interés radica precisamente en que muestran que un científico como Davies, nada comprometido con posiciones religiosas convencionales y dispuesto a admitir la parte de verdad que se encuentra en cualquier propuesta por extraña que parezca, afirma ahora con pleno convencimiento que no resulta viable atribuir la existencia humana al simple juego accidental de las fuerzas naturales. Así puede entenderse que se le haya concedido el premio Templeton.

Los límites de la ciencia
Resulta muy significativo que Davies reconozca expresamente que la ciencia no se encuentra en condiciones de proporcionar respuestas a los problemas fundamentales de la existencia humana.
Es significativo porque Davies desearía poder solucionar todos los problemas ciencia en mano.Nos dice: «pero incluso si se descartan los sucesos sobrenaturales, no está claro, a pesar de todo, que la ciencia pueda explicar todo en el universo físico. Permanece el viejo problema acerca del final de la cadena de explicaciones. Por mucho éxito que puedan tener nuestras explicaciones científicas, siempre incluyen algunos supuestos en su punto de partida... Por tanto, las cuestiones 'últimas' siempre permanecerán más allá del alcance de la ciencia empírica»

En esta línea, Davies llega a señalar que más allá de la ciencia se encuentra la metafísica, y que es en ese ámabito donde se plantean los interrogantes acerca de los fundamentos mismos de las ciencias: «La tarea del científico es descubrir las pautas en la naturaleza e intentar ajustarlas a esquemas matemáticos simples. La cuestión de por qué hay pautas, y por qué esos esquemas matemáticos son posibles, cae fuera del alcance de la física, y pertenece al ámbito denominado metafísica»

La racionalidad de la naturaleza
Uno de los aspectos que Davies subraya con mayor acierto es la racionalidad de la naturaleza, indispensable para que la ciencia sea posible y progrese.De acuerdo con una posición genuinamente filosófica, Davies se asombra ante el éxito de la ciencia, al que podemos estar acostumbrados: «El éxito del método científico para descubrir los secretos de la naturaleza es tan sorprendente que puede impedirnos advertir el milagro mayor de todos: que la ciencia funciona. Incluso los científicos normalmente dan por supuesto que vivimos en un cosmos racional y ordenado, sujeto a leyes precisas que pueden ser descubiertas por el razonamiento humano. Sin embargo, por qué esto es así continúa siendo un asombroso misterio»

En efecto, el hecho de que la ciencia funcione, y funcione tan bien, apunta a algo profundamente significativo acerca de la organización del cosmos: «El éxito de la empresa científica frecuentemente puede impedirnos ver el hecho asombroso de que la ciencia funciona. Aunque la mayoría de la gente lo da por supuesto, es a la vez increíblemente afortunado y misterioso que seamos capaces de manejar las obras de la naturaleza usando el método científico»
La filosofía comienza con el asombro. Cuando nos acostumbramos a algo y nos llega a parecer lo más natural del mundo, difícilmente nos plantearemos problemas filosóficos. En este caso, Davies tiene razón: cuando se interpreta el éxito de la ciencia y de sus aplicaciones tecnológicas como un progreso a costa de las explicaciones metafísicas y religiosas, se comete una equivocación, porque el progreso científico más bien invita a plantear las cuestiones más profundas acerca de sus condiciones de posibilidad, y esas condiciones se encuentran más allá del dominio de la ciencia.
«Concedo que no se puede probar que el mundo es racional. Ciertamente es posible que, en su nivel más profundo, sea absurdo... Sin embargo, el éxito de la ciencia es al menos una fuerte evidencia circunstancial en favor de la racionalidad de la naturaleza» .

El plan divino
Se ha repetido una vez y otra que hoy día ya no se puede probar la existencia de Dios basándose en el orden de la naturaleza, porque ese orden puede explicarse mediante las leyes naturales. Incluso en el mundo de los vivientes, donde existe una aparente finalidad innegable, todo podría explicarse mediante las teorías de la evolución, sin apelar a un plan divino.
Davies subraya que, en este amabiente, resulta significativo que un buen número de científicos estén resucitando ahora la prueba de la existencia de Dios basada en el orden: «Los teólogos abandonaron más o menos completamente el argumento del diseño, debido a las severas críticas de Hume, Darwin y otros. Es muy curioso, por tanto, que haya sido resucitado recientemente por un número de científicos. En su nueva forma el argumento no se dirige hacia los objetos materiales del universo como tal, sino a las leyes subyacentes, donde es inmune frente a los ataques darwinistas»

A continuación, Davies se adentra en una de sus típicas disquisiciones. Según el cristianismo, la racionalidad de la naturaleza se debe al plan de Dios; pero, añade Davies, esto se acepta, la pregunta siguiente es: ¿con qué fin ha producido Dios este plan?... Esto significaría que nuestra propia existencia en el universo formaba una parte central del plan de Dios. Y sigue: «En The Cosmic Blueprint, escribí que el universo aparece como si se desarrollara de acuerdo con algún plan o bosquejo... Esas reglas parecen como si fuesen el producto de un plan inteligente. No veo cómo puede negarse esto. Que prefiramos creer que han sido planeadas realmente así, y en ese caso por qué tipo de ser, debe permanecer una materia de gusto personal... se podría concebir a Dios meramente como una personificación mítica de esas cualidades creativas, más que como un agente independiente. Por supuesto, esto difícilmente satisfaría a cualquiera que siente que tiene una relación personal con Dios»

Es evidente que Davies no está defendiendo la existencia de un plan divino tal como lo afirma el cristianismo. En este caso, como en tantos otros, su pensamiento llega incluso a chocar con la ortodoxia cristiana. Pero, por eso mismo, resulta significativa la evolución de su pensamiento hacia posiciones cada vez más próximas al teísmo.
Antropocentrismo¿Puede afirmarse todavía en la actualidad que el hombre ocupa un lugar privilegiado en el plan divino?
Davies, con todas las limitaciones que ya he señalado, se inclina por la respuesta afirmativa y, lo que es más, presenta sus ideas como el resultado de su reflexión sobre la ciencia. Éstas son las palabras finales de su libro: «No puedo creer que nuestra existencia en este universo es un mero episodio del destino, un accidente de la historia, algo incidental en el gran drama cósmico... A través de los seres conscientes, en el universo ha aparecido la auto-conciencia. Esto no puede ser un detalle trivial, un subproducto menor de fuerzas sin mente ni propósito. Realmente está previsto que estemos aquí»
Al comienzo del libro, Davies había escrito: «La revolución comenzada con Copérnico y terminada con Darwin tuvo el efecto de marginar e incluso trivializar a los seres humanos... En los capítulos que siguen presentaré una visión de la ciencia completamente diferente. Lejos de considerar a los seres humanos como productos incidentales de fuerzas físicas ciegas, la ciencia sugiere que la existencia de organismos conscientes es un rasgo fundamental del universo. Estamos inscritos en las leyes de la naturaleza en un sentido profundo y, según me parece, lleno de significado»

En definitiva, las reflexiones de Davies le han llevado a una perspectiva que reconoce un nivel de explicación más profundo que la ciencia: «Pertenezco al grupo de científicos que no suscriben ninguna religión convencional y, sin embargo, niegan que el universo sea un accidente sin significado. Por medio de mi trabajo científico he llegado a creer cada vez con más fuerza que el universo físico está coordinado con una sencillez tan asombrosa que no puedo aceptarla meramente como un simple hecho. Me parece que debe existir una explicación de nivel más profundo» ......

Davies posee un indudable talento como escritor, y una competencia científica que está fuera de duda. Pero lo más notable es que, escribiendo de modo asequible para el gran público, se adentra en los problemas más difíciles que relacionan la ciencia, la filosofía y la religión.
Con respecto a la religión, las ideas de Davies han cambiado con los años. Siempre ha sostenido que la ciencia proporciona un camino importante para acercarse a Dios, pero son sus ideas sobre Dios las que han evolucionado desde una especie de panteísmo hasta una posición próxima a la teología del proceso.
Desde luego, ni el panteísmo ni la teología del proceso son ideas religiosas ortodoxas. El panteísmo identifica a Dios con la naturaleza. Y la teología del proceso afirma un Dios que, siendo diferente de la naturaleza, comparte de algún modo su destino y por eso se encuentra en proceso y cambia. En la Europa de hace varios siglos, tanto católica como protestante, Davies podía haber acabado en la hoguera por defender esas ideas. Sin embargo, ahora recibe un sustancioso premio. Evidentemente, las circunstancias han cambiado, y en nuestro mundo secularizado resulta significativo que un científico conocido, cuyos libros tienen éxito, afirme que existen puentes entre la ciencia y la religión, aunque no llegue a unas ideas muy claras acerca de Dios.

Allí sostenía que la ciencia proporciona en la actualidad un camino más seguro que las religiones tradicionales para llegar a Dios. Claro está que el al que llegaba poco tenía en común con el Dios personal creador del cristianismo; se trataba más bien de una idea que presentaba coincidencias con el panteísmo. Davies aludía al panteísmo como si fuera una idea generalizada entre los científicos; sería . Y sugería que, si el universo fuese el resultado de unas leyes necesarias, podríamos prescindir de la idea de un Dios creador, pero no de la idea de .

En 1989, Davies editó una obra colectiva en la que se trataban los principales temas de vanguardia de la física en la actualidad. En la Introducción al libro, subrayaba que uno de los logros principales de la física en nuestra época se refiere a los fenómenos de auto-organización, en los cuales muchas partículas cooperan en la formación de nuevas pautas. En sus propias palabras: «Los sistemas complejos dejan de ser meramente complicados cuando despliegan un comportamiento coherente que implica la organización colectiva de un amplio número de grados de libertad. Es uno de los milagros universales de la naturaleza que enormes reuniones de partículas, que sólo están sometidas a las fuerzas ciegas de la naturaleza, sin embargo son capaces de organizarse a sí mismas en configuraciones (patterns) de actividad cooperativa». La referencia a que se realizan en virtud de muestra el asombro de Davies ante la naturaleza tal como nos la da a conocer la ciencia actual.

En 1992 algo más había cambiado, tal como se reflejaba en un artículo publicado en una revista divulgativa. Davies afirmaba que el cristianismo tuvo una influencia positiva en el nacimiento de la ciencia moderna, porque los pioneros de la ciencia eran cristianos y, como tales, pensaban que la naturaleza es racional como obra de Dios y que, por tanto, se puede investigar científicamente. Y añadía que, según el principio antrópico, las condiciones físicas que hacen posible nuestra existenciia se encuentran tan enormemente ajustadas que es difícil pensar que nuestra existencia sea un simple resultado del azar o de fuerzas ciegas.
Sobre todo, Davies publicó en 1992 un nuevo libro titulado The Mind of God , que merece un comentario aparte.

La mente de Dios
Este libro no es un modelo de ortodoxia religiosa. Puede pensarse incluso que, si cae en las manos de alguien que no tenga buenos conocimientos científicos y religiosos, más bien le puede complicar bastante la vida. Pero eso mismo lo hace especialmente significativo. En efecto, muestra cómo un científico actual, que no pertenece a ninguna religión y que hasta hace pocos años encontraba muchas dificultades en la idea de un Dios personal, va avanzando hacia Dios gracias a sus reflexiones sobre la ciencia.

Davies afirma que no pertenece a ninguna religión institucional y que nunca ha tenido una experiencia mística. Pero también afirma que la ciencia no puede responder a los interrogantes últimos, y añade que ese tipo de respuestas sólo pueden provenir de experiencias místicas que trascienden el ámbito de la especulación científica. Además, defiende la existencia de algún plan superior capaz de explicar la vida humana: según Davies, nuestra existencia no puede ser casual ni el simple resultado de fuerzas ciegas.
Todo esto quizá pueda parecer trivial, sobre todo a un creyente, pero no lo es cuando se presenta como el resultado de un extenso análisis llevado a cabo por una persona que, como Davies, no encuentra fácil afirmar la existencia de un Dios personal creador. Davies es un científico que intenta llevar la ciencia hasta sus límites, analizando en concreto las variadísimas respuestas que se proponen en la actualidad acerca de las cuestiones últimas, y tomando parte en un verdadero combate intelectual en el que se discuten detalladamente los argumentos en favor y en contra de las distintas soluciones.
Al igual que en otros libros anteriores, los razonamientos de Davies pueden llevar al psiquiatra a quien no posea una estructura mental sólida, ya que incluyen las interpretaciones más insólitas. Se trata de reflexiones en voz alta en las que Davies manifiesta sus perplejidades, que no son pocas ni pequeñas. Su interés radica precisamente en que muestran que un científico como Davies, nada comprometido con posiciones religiosas convencionales y dispuesto a admitir la parte de verdad que se encuentra en cualquier propuesta por extraña que parezca, afirma ahora con pleno convencimiento que no resulta viable atribuir la existencia humana al simple juego accidental de las fuerzas naturales. Así puede entenderse que se le haya concedido el premio Templeton.

Los límites de la ciencia
Resulta muy significativo que Davies reconozca expresamente que la ciencia no se encuentra en condiciones de proporcionar respuestas a los problemas fundamentales de la existencia humana.
Es significativo porque Davies desearía poder solucionar todos los problemas ciencia en mano.Nos dice: «pero incluso si se descartan los sucesos sobrenaturales, no está claro, a pesar de todo, que la ciencia pueda explicar todo en el universo físico. Permanece el viejo problema acerca del final de la cadena de explicaciones. Por mucho éxito que puedan tener nuestras explicaciones científicas, siempre incluyen algunos supuestos en su punto de partida... Por tanto, las cuestiones 'últimas' siempre permanecerán más allá del alcance de la ciencia empírica»
En esta línea, Davies llega a señalar que más allá de la ciencia se encuentra la metafísica, y que es en ese ámabito donde se plantean los interrogantes acerca de los fundamentos mismos de las ciencias: «La tarea del científico es descubrir las pautas en la naturaleza e intentar ajustarlas a esquemas matemáticos simples. La cuestión de por qué hay pautas, y por qué esos esquemas matemáticos son posibles, cae fuera del alcance de la física, y pertenece al ámbito denominado metafísica»

La racionalidad de la naturaleza
Uno de los aspectos que Davies subraya con mayor acierto es la racionalidad de la naturaleza, indispensable para que la ciencia sea posible y progrese.De acuerdo con una posición genuinamente filosófica, Davies se asombra ante el éxito de la ciencia, al que podemos estar acostumbrados: «El éxito del método científico para descubrir los secretos de la naturaleza es tan sorprendente que puede impedirnos advertir el milagro mayor de todos: que la ciencia funciona. Incluso los científicos normalmente dan por supuesto que vivimos en un cosmos racional y ordenado, sujeto a leyes precisas que pueden ser descubiertas por el razonamiento humano.
Sin embargo, por qué esto es así continúa siendo un asombroso misterio»
En efecto, el hecho de que la ciencia funcione, y funcione tan bien, apunta a algo profundamente significativo acerca de la organización del cosmos: «El éxito de la empresa científica frecuentemente puede impedirnos ver el hecho asombroso de que la ciencia funciona. Aunque la mayoría de la gente lo da por supuesto, es a la vez increíblemente afortunado y misterioso que seamos capaces de manejar las obras de la naturaleza usando el método científico»La filosofía comienza con el asombro. Cuando nos acostumbramos a algo y nos llega a parecer lo más natural del mundo, difícilmente nos plantearemos problemas filosóficos. En este caso, Davies tiene razón: cuando se interpreta el éxito de la ciencia y de sus aplicaciones tecnológicas como un progreso a costa de las explicaciones metafísicas y religiosas, se comete una equivocación, porque el progreso científico más bien invita a plantear las cuestiones más profundas acerca de sus condiciones de posibilidad, y esas condiciones se encuentran más allá del dominio de la ciencia.«Concedo que no se puede probar que el mundo es racional. Ciertamente es posible que, en su nivel más profundo, sea absurdo... Sin embargo, el éxito de la ciencia es al menos una fuerte evidencia circunstancial en favor de la racionalidad de la naturaleza» .
El plan divinoSe ha repetido una vez y otra que hoy día ya no se puede probar la existencia de Dios basándose en el orden de la naturaleza, porque ese orden puede explicarse mediante las leyes naturales. Incluso en el mundo de los vivientes, donde existe una aparente finalidad innegable, todo podría explicarse mediante las teorías de la evolución, sin apelar a un plan divino.

Davies subraya que, en este amabiente, resulta significativo que un buen número de científicos estén resucitando ahora la prueba de la existencia de Dios basada en el orden: «Los teólogos abandonaron más o menos completamente el argumento del diseño, debido a las severas críticas de Hume, Darwin y otros. Es muy curioso, por tanto, que haya sido resucitado recientemente por un número de científicos. En su nueva forma el argumento no se dirige hacia los objetos materiales del universo como tal, sino a las leyes subyacentes, donde es inmune frente a los ataques darwinistas»
A continuación, Davies se adentra en una de sus típicas disquisiciones. Según el cristianismo, la racionalidad de la naturaleza se debe al plan de Dios; pero, añade Davies, esto se acepta, la pregunta siguiente es: ¿con qué fin ha producido Dios este plan?... Esto significaría que nuestra propia existencia en el universo formaba una parte central del plan de Dios. Y sigue: «EnThe Cosmic Blueprint, escribí que el universo aparece como si se desarrollara de acuerdo con algún plan o bosquejo... Esas reglas parecen como si fuesen el producto de un plan inteligente. No veo cómo puede negarse esto. Que prefiramos creer que han sido planeadas realmente así, y en ese caso por qué tipo de ser, debe permanecer una materia de gusto personal... se podría concebir a Dios meramente como una personificación mítica de esas cualidades creativas, más que como un agente independiente. Por supuesto, esto difícilmente satisfaría a cualquiera que siente que tiene una relación personal con Dios»
Es evidente que Davies no está defendiendo la existencia de un plan divino tal como lo afirma el cristianismo. En este caso, como en tantos otros, su pensamiento llega incluso a chocar con la ortodoxia cristiana. Pero, por eso mismo, resulta significativa la evolución de su pensamiento hacia posiciones cada vez más próximas al teísmo.
Antropocentrismo¿Puede afirmarse todavía en la actualidad que el hombre ocupa un lugar privilegiado en el plan divino?Davies, con todas las limitaciones que ya he señalado, se inclina por la respuesta afirmativa y, lo que es más, presenta sus ideas como el resultado de su reflexión sobre la ciencia. Éstas son las palabras finales de su libro: «No puedo creer que nuestra existencia en este universo es un mero episodio del destino, un accidente de la historia, algo incidental en el gran drama cósmico... A través de los seres conscientes, en el universo ha aparecido la auto-conciencia. Esto no puede ser un detalle trivial, un subproducto menor de fuerzas sin mente ni propósito. Realmente está previsto que estemos aquí»
Al comienzo del libro, Davies había escrito: «La revolución comenzada con Copérnico y terminada con Darwin tuvo el efecto de marginar e incluso trivializar a los seres humanos... En los capítulos que siguen presentaré una visión de la ciencia completamente diferente. Lejos de considerar a los seres humanos como productos incidentales de fuerzas físicas ciegas, la ciencia sugiere que la existencia de organismos conscientes es un rasgo fundamental del universo. Estamos inscritos en las leyes de la naturaleza en un sentido profundo y, según me parece, lleno de significado»
En definitiva, las reflexiones de Davies le han llevado a una perspectiva que reconoce un nivel de explicación más profundo que la ciencia: «Pertenezco al grupo de científicos que no suscriben ninguna religión convencional y, sin embargo, niegan que el universo sea un accidente sin significado. Por medio de mi trabajo científico he llegado a creer cada vez con más fuerza que el universo físico está coordinado con una sencillez tan asombrosa que no puedo aceptarla meramente como un simple hecho. Me parece que debe existir una explicación de nivel más profundo» ......
Davies posee un indudable talento como escritor, y una competencia científica que está fuera de duda. Pero lo más notable es que, escribiendo de modo asequible para el gran público, se adentra en los problemas más difíciles que relacionan la ciencia, la filosofía y la religión.
Con respecto a la religión, las ideas de Davies han cambiado con los años. Siempre ha sostenido que la ciencia proporciona un camino importante para acercarse a Dios, pero son sus ideas sobre Dios las que han evolucionado desde una especie de panteísmo hasta una posición próxima a la teología del proceso.

Desde luego, ni el panteísmo ni la teología del proceso son ideas religiosas ortodoxas. El panteísmo identifica a Dios con la naturaleza. Y la teología del proceso afirma un Dios que, siendo diferente de la naturaleza, comparte de algún modo su destino y por eso se encuentra en proceso y cambia. En la Europa de hace varios siglos, tanto católica como protestante, Davies podía haber acabado en la hoguera por defender esas ideas. Sin embargo, ahora recibe un sustancioso premio. Evidentemente, las circunstancias han cambiado, y en nuestro mundo secularizado resulta significativo que un científico conocido, cuyos libros tienen éxito, afirme que existen puentes entre la ciencia y la religión, aunque no llegue a unas ideas muy claras acerca de Dios.

06 septiembre, 2011

CARLOS FUENTES: "NO SE LO QUE ESTÁ PASANDO, EL MUNDO SE TRANSFORMA: .....


El escritor mexicano presenta en Barcelona sus dos últimos libros y aboga por la despenalización de la droga

J. M. MARTÍ FONT
Barcelona 03/09/2011

En 2004, Carlos Fuentes presentó un libro, recopilación de artículos periodísticos, titulado Contra Bush. Las cosas estaban claras: era el momento álgido de la protesta contra la invasión de Irak, ordenada por el entonces presidente norteamericano, y el escritor mexicano se despachaba a gusto contra el líder del Trío de las Azores. El mundo todavía podía explicarse en función de unos valores, a favor o en contra, y Fuentes tomaba partido.

México
En estos siete años el mundo ha cambiado hasta hacerse irreconocible, admite.

"No sé nada, no sé lo que está pasando. Hay una especie de hartazgo con los partidos políticos, se está buscando algo nuevo entre gente muy joven y vamos a llevarnos sorpresas. Estamos frente a uno de esos cambios, como los de 1848 o 1868, en los que el mundo se transforma y nadie sabe en qué dirección. Es otro mundo. Sé que están pasando muchas cosas, pero no se qué está pasando".

Fuentes (Panamá, 1928) ha estado en Barcelona para presentar sus dos últimos libros: el ambicioso ensayo La gran novela latinoamericana y el volumen de relatos Carolina Grau, ambos publicados por Alfaguara. En el primero recorre la historia de la narrativa latinoamericana, de Rubén Darío a Borges, pasando por los escritores del boom, a cuya generación pertenece, "el búmeran, el post-boom y el crack", hasta llegar a la actualidad, que considera imposible de clasificar. "Lo que hay ahora es una diversidad. La variedad es demasiado grande como para agruparla bajo un único nombre", señala. Tal vez por eso no incluye en su ensayo a uno de los más notables escritores -al menos a decir de los críticos- del pasado reciente, el chileno Roberto Bolaño, aunque a esta pregunta prefiere responder con un simple "no está, simplemente porque no lo he leído, y no me gusta opinar de lo que no conozco". Admite, eso sí, que en cuento tenga un poco de tranquilidad, leerá al autor de Los detectives salvajes.

Sigue muy de cerca lo que sucede es su país, México, y especialmente la impresionante erupción de violencia relacionada con el narcotráfico. "Siempre han existido las bandas de narcos en México", asegura, "pero los anteriores Gobiernos las ponían a pelearse entre sí. El actual presidente, Vicente Calderón, decidió enfrentarse a ellas y ha sido una mala política porque han derrotado a la policía, están derrotando al ejército y el presidente se está quedando sin barajas". El autor de Cambio de piel ironiza con la posibilidad de combatir la violencia con mayores dosis de violencia: "Traer a México a policías franceses, israelíes o a los de la antigua RDA que llevan muchos años de vacaciones...".

Pero su apuesta va -como la de muchos otros líderes latinoamericanos- en la dirección de la despenalización de las drogas. "Soy de los que piden que se tomen paulatinamente medidas para la despenalización . Es una solución pacífica, porque el problema de la droga nos viene dado por la existencia de quienes la consumen, los ciudadanos de Estados Unidos, al otro lado de la frontera. Una vez ha cruzado ya no podemos hacer nada". En EE UU, en su opinión, la droga es una cuestión estabilizada que no causa graves problemas ni sociales ni criminales, lo que ya le va bien a las autoridades norteamericanas. El problema es para México; no desde el punto de vista del consumo, sino por el de la criminalidad.

Piensa que México ha dejado de ser "una dictadura perfecta del PRI, como lo llamó Mario Vargas Llosa y se convirtió en una democracia muy imperfecta". Ahora se enfrenta a problemas muy graves, añade, que si no los resuelve el próximo presidente pueden acabar siendo resueltos "por otros, y no quiero pensar en qué y quiénes intervengan para poner el orden en México". Por esta razón considera que es muy importante que las próximas elecciones "sean creíbles, democráticas y con un buen candidato".

¿Cuál es el buen candidato?, le pregunta el periodista. "Marcelo Ebrard", responde sin dudarlo.

17 junio, 2011

JORGE LUIS BORGES...EL POETA...

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Arte poética

Mirar el río hecho de tiempo y agua
Y recordar que el tiempo es otro río,
Saber que nos perdemos como el río
Y que los rostros pasan como el agua.

Sentir que la vigilia es otro sueño
Que sueña no soñar y que la muerte
Que teme nuestra carne es esa muerte
De cada noche que se llama sueño.

Ver en el día o en el año un símbolo
De los días del hombre y de sus años,
Convertir el ultraje de los años
En una música, un rumor y un símbolo,

Ver en la muerte el sueño, en el ocaso
Un triste oro, tal es la poesía
Que es inmortal y pobre. La poesía
Vuelve como la aurora y el ocaso.

A veces en las tardes una cara
Nos mira desde el fondo de un espejo;
El arte debe ser como ese espejo
Que nos revela nuestra propia cara.

Cuentan que Ulises, harto de prodigios,
Lloró de amor al divisar su Itaca
Verde y humilde. El arte es esa Itaca
De verde eternidad, no de prodigios.

También es como el río interminable
Que pasa y queda y es cristal de un mismo
Heráclito inconstante, que es el mismo
Y es otro, como el río interminable.